Altar rupestre Aunqueospese

Mironcillo

La roca se erige en una suave vaguada entre dos promontorios rocosos enmarcados en las estribaciones montañosas de la Sierra del Zapatero (reborde sur del Valle Amblés).

Altar Aunqueospese

Supone una roca granítica, ligeramente destacada por su forma y altura de las de su entorno, en medio de un paisaje rocoso granítico salpicado por doquier de bolas de granito o de afloramientos informes de considerable envergadura.

Interesa especialmente, por lo que pueda inferirse de ello, que es la piedra más característica de su entorno inmediato. Destaca sobre las otras rocas inmediatas, constituyendo un elemento de referencia en un radio de unos 25 m a su alrededor. Fuera de esa distancia se va confundiendo con las restantes rocas que componen el paisaje. No es una piedra cualquiera pero tampoco es espectacular, capaz de atraer inevitablemente la atención desde cualquier punto cercano. Su elección tuvo que deberse a la forma y a otras características en el contexto de los fines que se perseguían.

Desde ella se domina claramente todo el sector occidental del Valle Amblés. Las dos circunstancias que le confieren un carácter arqueológico son las pequeñas oquedades o entalladuras excavadas en la pared sur para ascender a su parte superior, y las grandes concavidades que alberga en su cima y a las que se supone relacionadas con las entalladuras para su acceso. Éstas, en principio, hay que decir que podrían tener un origen natural, pero tal vez habrían sido modificadas para un determinado fin.

Las entalladuras o escaleras se han excavado en la pared sur, en el punto más accesible. Son 13 y se distribuyen con una cierta idea de aportar ayuda en manos y pies al trepador. Hay que decir que si bien la aportan, posiblemente no fueran necesarias tantas oquedades para ascender. De hecho las tres últimas parecen no tener mucha función que cumplir.

Cualquier líquido arrojado en el interior de ambas cazoletas caería por la roca produciendo un efecto evidente desde el ángulo de visión norte, ya que la mitad de la caída se produciría en un plano inclinado, con lo cual tardaría más en resbalar y sería más vistoso. Si su cometido hubiera sido albergar una ceremonia en la que se vertieran líquidos, el espectáculo estaría garantizado desde el norte.

Pero es preciso plantearse algunas cuestiones que pueda servir para aclarar su cometido. La primera pregunta tendría que ver con la presencia de las concavidades que hacen la función de escaleras. La ascensión a la piedra por mera necesidad se podría haber solventado con otras soluciones técnicas muy fáciles. Desde hacer, adosado, un alto con mampuestos, hasta colocar una escalera de madera. Son soluciones sencillas que no plantearían un esfuerzo imaginativo considerable, ni un estadio tecnológico determinado. Parece que las escaleras practicadas lo que pretendían era intervenir en la roca y crear en ella un status permanente de diferenciación y especialidad. Con ello de alguna manera lo conseguían, aunque fuera a través de un trabajo cuya ejecución no puede calificarse de otra cosa que de tosco. Al modificarla y hacer visible la modificación, se la caracterizaba más y por tanto se institucionalizaba de alguna manera su diferencia y, con ello, su cometido y su uso. Quizá, si tuvo un cometido ceremonial, el hecho de ascender usando los peldaños implicaba también parte del rito, como suele suceder de una forma u otra en todo aquello que tiene que ver con ceremonias y rituales.

Aunque no se tratara de un trabajo esforzado, la talla de las escaleras, implicando como implicaba el acto de facilitar la ascensión a la roca, tenía necesariamente que significar que el destino del acto era estar en la parte más alta. En este sentido, no se puede decir que la vista desde allí arriba sea especial con respecto a lo que se puede ver desde otras rocas del entorno. Tampoco se puede decir que resulte cómodo estar allí subido. No resulta una incomodidad agobiante, pero no parece que el destino de subir a la roca obedeciera a un determinado placer que sólo en ella fuera posible.

En la naturaleza hay rocas que, por su posición o por sus características, incitan a subir a ellas por lo que se divisa desde allí, porque están aisladas en el paisaje o porque en lo alto hay una plataforma que invita a sentarse tranquilamente. No es el caso de la que estamos tratando, que incluso una vez arriba, ante un despiste, puede resultar peligrosa. No queda más remedio que considerar que la presencia de la cazoleta doble de la parte superior era la causa. Lo que pudiera hacerse con ella o a través de ella no lo sabemos, pero allí arriba únicamente hay una gran concavidad de 1,10 m de profundidad, por tanto tendría que ser algo relacionado con ella.

En cuanto a los indicios disponibles para adjudicarle una cronología, hay que decir que espacialmente el lugar aparece asociado con restos arqueológicos correspondientes a dos momentos diferentes, uno correspondiente a Proto-Cogotas I (Bronce Medio) y el otro al tiempo histórico, representado por la presencia del castillo. La asociación normativa al castillo parece descartable. La relación directa entre el altar rupestre y las cerámicas halladas en la plataforma no puede certificarse. Puede ser un indicio a tener en cuenta, pero por ahora sólo es eso. La piedra pudo ser utilizada antes, durante, poco después o mucho después de que el sitio fuera ocupado.

Bibliografía

  • Fabián García, J.F (2010): “Altares rupestres, peñas sacras y rocas con cazoletas. Ocho nuevos casos abulenses y uno salmantino para la estadística, el debate y la reflexión”, MADRIDER MITTEILUNGEN, 51

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