Cabeza de Navasangil

Villaviciosa, Solosancho

Caballero Arribas, J. y Peñas Pedrero, D (2012): Un castrum de época visigoda en el Valle Amblés: La cabeza de Navasangil (Solosancho, Ávila), en Los castillos altomedievales en el Noroeste de la Península Ibérica, coords. J.A. Quirós Castillo y J.Mª. Tejado Sebastián.

La Cabeza de Navasangil se ubica en el reborde meridional del Valle Amblés, espacio intramontano, en el centro de la provincia de Ávila, delimitado por el mediodía por la línea de sierra de la Paramera-Zapatero-Serrota, y por el septentrión por la Sierra de Ávila que, con escaso relieve, supone la transición de la serranía a las estepas meridionales del Duero (La Moraña). El río Adaja surca longitudinalmente este territorio, abriendo el valle por oriente en la ciudad de Ávila; por el poniente los pasos naturales vienen determinados por el Puerto de Villatoro –punto de unión entre la Sierra de Ávila y las Parameras– y el Puerto de Menga, por donde se dibuja la conocida como calzada del Puerto del Pico que, posteriormente reutilizada por la Real Cañada Leonesa Occidental, emboca en la Vía de la plata. Al penetrar en el valle la obra de fábrica desaparece, pudiéndose proyectar hasta la ciudad de Ávila, ahora como vía terrera, por el trazado del conocido como Camino Viejo o Calzadilla de Niharra.

En el contacto de la Unidad Natural de las Altas Tierras y Parameras con la fosa tectónica del Valle Amblés, el enclave ocupa la cima amesetada de un promontorio granítico que, a 1.375 m.a.s.n.m.a, forma parte de la primera línea de estribaciones, a la umbría, de la Sierra del Zapatero, significando un emplazamiento con unas condiciones de habitabilidad muy duras, pero notablemente estratégico por su dominio visual sobre el territorio del Valle Amblés y sus principales vías de comunicación. Se erige en la horquilla fluvial conformada por la confluencia del arroyo de Garganta Honda en el de los Potrillos, desde donde se elevan pronunciadas y prolongadas pendientes graníticas que crean unas condiciones defensivas naturales óptimas, reforzadas mediante la construcción de una cerca defensiva en mampostería de granito que engloba un espacio de 1,6 has.

1. La Cabeza de Navasangil. 2. Cuerpo de guardia. 3. Necrópolis de Fuente de los Piojos

La primera referencia a La Cabeza de Navasangil la hace Posac Mon, aludiéndose a unas prospecciones realizadas en el castro que depararon el hallazgo de material romano y visigodo. Enrique Pérez Herrero dirigirá dos campañas de excavación en 1977 y 1979. Estos trabajos, según informe depositado en el Museo Provincial de Ávila, mostraron una acumulación desigual de tierras sobre la roca madre del cerro, variando entre 0,50 m y 1,75 m, y documentándose 3 niveles: nivel superficial; nivel de derrumbe y de destrucción, subdividido en derrumbe de piedras, producto de la ruina de las paredes, y escombro de teja, originado por el desmoronamiento del tejado; nivel de incendio-ocupación en el que se encuentran materiales muy diversos. La excavación afecta a dos estructuras domésticas que se erigen en un área central del asentamiento y parcialmente a la Unidad de Habitación (U.H.) 5c, a la que no se hacen referencias en el informe, y que volverá a ser intervenida a finales de los años 90. El material cerámico exhumado fue estudiado por Larrén Izquierdo.

Será bajo los auspicios de la escuela-taller “Ulaca”, y la dirección de Jesús Caballero Arribas, cuando se lleven a cabo dos campañas de excavación -1997-1998 y 2001-2002- y de puesta en valor y consolidación de las estructuras exhumadas, que afectaron a una superficie de 700 m², poniendo al descubierto un interesante conjunto arquitectónico . La excavación se concretó en el extremo meridional del enclave, en torno al acceso al castro, en una explanada a una cota inferior del amesetamiento en el que culmina el promontorio, por el que se dispersan el grueso de las estructuras domésticas.

Una selección de materiales cerámicos hallados en esta intervención, constituido por 32 piezas completas o semicompletas, han sido publicadas por Larrén, todas ellas procedentes de contextos de ocupación/destrucción por incendio del interior de las estructuras domésticas. El criterio de selección seguido fue el estado de conservación de las propias piezas y la singularidad de sus caracteres.

Al margen de algunos materiales cerámicos a mano y líticos descontextualizados que insinúan un asentamiento prehistórico, posiblemente de los inicios de la Edad del Bronce, los depósitos sedimentarios documentados en el exterior de las estructuras domésticas aportan algunos materiales, de cronología tardorromana, que inducen a pensar en una primera ocupación esporádica del cerro a finales del S.IV- S.V d.C., derivada de la situación de incertidumbre que en este siglo se vivió en la Lusitania.

La secuencia estratigráfica excavada al exterior de las estructuras domésticas es compleja, no sólo por las importantes alteraciones que en el periodo Plenomedieval se ocasionan, sino por ser el espacio intervenido un área en el que se sedimentan depósitos originados por los arrastres procedentes del ámbito más elevado del promontorio. En cualquier caso, las deposiciones estratigráficas en lo que serían los espacios de tránsito público han proporcionado, junto al grueso de materiales propios del periodo visigodo, algunos fragmentos de T.S.H.T, siendo significativas las decoraciones a molde con temas de círculos concéntricos y series de motivos verticales, y que deben enmarcarse dentro del Segundo Estilo de Mayet (finales del S.IV-principios del S.VI d.C.); es reseñable un fragmento de lucerna con crismón a molde. Algunos materiales cerámicos de esta tipología ya fueron recogidos por Posac Mon. Estos tipos cerámicos están ausentes en el interior de las estructuras domésticas.

En este mismo contexto estratigráfico, se han inventariado hasta 5 monedas de época bajoimperial (S.IV d.C.), una de ellas perteneciente a Maximiano (286-310 d.C.) y otra a Constantino II (337-361 d.C.). Estos testimonios, por tratarse de acuñaciones tardorromanas que hubieron de estar en circulación durante periodos temporales muy amplios, pueden no tener relevancia, pero no por ello deja de ser significativa su presencia y la cronología del S.IV d.C., pues materiales numismáticos con esta misma cronología, y asociados a cerámicas bajoimperiales, se han inventariado en enclaves de la provincia con características defensivas. Es el caso de La Teta (Gilbuena), Cerro del Castillo (El Mirón) o Cerro de San Miguel en Navarredondilla.

La secuenciación estratigráfica del espacio intervenido no detecta depósitos adscribibles a un momento tardorromano, sin embargo, no se puede descartar una primera ocupación del cerro en este momento, concentrada en el área amesetada en el que culmina el promontorio.

Será con el final del S.V, principios del S.VI d.C. cuando La Cabeza de Navasangil inicie su periodo de apogeo, fortificándose el enclave y construyéndose estructuras residenciales y auxiliares con carácter estable, incluso monumentales. Este periodo queda nítidamente definido por la ingente cantidad de material arqueológico recuperado dentro de una secuencia estratigráfica impoluta, como lo es la documentada en el interior de las estructuras domésticas intervenidas, y que, básicamente, responde a la ya constatada por Pérez Herreno a finales de los años 70 del pasado siglo: derrumbe de los paramentos de mampostería, desplome de la cubierta motivada por un virulento incendio, nivel de ocupación/incendio, y preparado de la superficie de suelo. La recuperación de los ajuares domésticos en contacto con el nivel de suelo y formando parte del caótico nivel que supone el desplome de la cubierta como consecuencia del fuego (amasijo de tejas, arcillas rojizas, rollos de madera carbonizados y algunos mampuestos, junto con ajuares domésticos), posibilitaron la reconstrucción de la posición de los enseres y las características de las cubiertas.

El incendio es total, afectando globalmente al poblado, como queda patente en el espacio intervenido en las dos intervenciones arqueológicas realizadas en el castro. Hubo de ser un final trágico, sin duda, debido a una acción hostil que provocaría un precipitado abandono del castro, obligando a dejar atrás sus enseres -armas y herramientas, pizarras numéricas y recipientes, acopios de cereal (la cantidad de trigo carbonizado recogido en la U.H. 2 es considerable), …-.

El material cerámico analizado enmarcaría la destrucción a finales del siglo VI-VII. El estudio cerámico se hizo en base a un conjunto selecto de materiales, procedentes de una posición estratigráfica muy evidente; sin embargo será preciso un estudio exhaustivo, por unidades estratigráficas, de todo el material exhumado que, junto con otros análisis, permita acotar con mayor precisión el periodo de vida de Navasangil.

Ya en el siglo XIII el enclave volverá a ser ocupado, encontrándose un lugar arruinado por las llamas y los posteriores siglos de abandono y exposición de las estructuras a los agentes meteorológicos. Ya no se buscan condiciones defensivas y/o de control estratégico del territorio, sino un lugar apropiado que, a modo de granja, permita la explotación ganadera del entorno. Será ocupado exclusivamente el sector más meridional del antiguo asentamiento, esto es, la explanada inmediata al acceso al castro que, dentro de la inclemencia, garantiza unas condiciones más benignas.

Siguiendo el mismo planteamiento constructivo que en el periodo visigodo, se reconstruirá la nombrada como U.H. 3 (para este periodo U.H. 5) y el ámbito a) de la U.H. 1 (U.H. 4 para el periodo Plenomedieval). Previamente se preparó el espacio, recuperando el material constructivo reutilizable y regularizando la superficie a partir de los escombros y depósitos pre-existentes, sellando con un estrato de gravas y arenas la ocupación anterior.

Construido en mampostería de granito, tomada con un pobre mortero y un espesor de muro de 0,65 m, U.H. 4 es un edificio de planta rectangular (48 m²) y estancia única, cubierta con un entramado enteramente vegetal; se abre al este a partir de un vano de 0,90 m de ancho. Para su construcción no se excavan zanjas de cimentación, erigiéndose a partir de la explanación practicada sobre los depósitos de la etapa anterior. Para solventar la ausencia de zarpa de cimentación, el edificio será encajonado dentro de los paramentos conservados del edificio previo; hacia el interior se construirá un banco corrido, de tal suerte que el nuevo muro quedará cimentado “en positivo”. Con una finalidad auxiliar, a este edificio se asocia una estructura de planta circular, con una caracterización arquitectónica similar a las cochineras tradicionales de la comarca.

Adosado a la esquina NE de U.H. 4 y de la esquina SO de U.H. 5 se construye un muro que anularía el tránsito de carretas por la que habría significado la artería de comunicación principal entre el acceso al castro y el poblado, ratificando el que en este momento únicamente se habita un espacio reducido.

U.H. 5 también estaría amortizando una construcción del periodo visigoda, siguiendo el mismo sistema constructivo referido para la estructura anterior, excepto por el ala occidental y meridional, frentes por los que desborda las dimensiones del edificio previo; hacia el interior se introduce un banco corrido que, además de funcionar como tal, tendría las mismas funciones arquitectónicas descritas para U.H. 4. En la construcción de este edificio se emplearon grandes sillarejos, reutilizados de las torres de la muralla que flanquean el acceso al poblado, alcanzando un grosor los paramentos de 0,90-1,05 m. También se han reutilizado algunos fragmentos de rueda de molino.

Orientado oeste-este, describe una planta rectangular dividida en dos ámbitos (a: 50 m² y c: 18 m²), con un tercer ámbito cuadrangular –d: 20 m²-, a modo de apéndice en el extremo NE. Abierta al mediodía, se accede a partir de la estancia a) por un vano de 1,50 m de ancho. En el ángulo NO de esta estancia se adosa una estructura de planta semicircular (6 m²). La estancia principal distribuye el espacio, comunicándose con la estancia oriental –c)- a partir de una puerta centrada de hasta 1,70 m de anchura, y de 1,10 m con la estancia d). El suelo lo conforma el propio sustrato geológico regularizado (la degradación del granito en este ámbito ha permitido su transformación), introduciendo losetas de granito o tierras apelmazadas puntualmente.

Adosada al paramento que cierra la estancia c) por el este, y enfrentada a la puerta de acceso, se identifica una estructura rectangular (1,00×1,20 m, y 0,30 m de altura) que ha sido interpretada como un hogar. Esta estancia conserva, puntualmente, un pavimento de losas de barro cocido rectangulares. Pérez Herrero excavó la estancia c), no dejando constancia en su informe, hecho que obstaculiza enormemente la identificación funcional de la estancia y del edificio en su conjunto.

En el ámbito d) destaca un elemento de granito que, hincado en los rellenos de regularización que constituyen la base de esta estancia, tiene unas dimensiones de 1,10 m de altura y 0,40×0,30 m de sección, con dos escotaduras en la cabecera.

La cubierta del edificio se consigue mediante un entramado de rollos de madera y tableros, ensamblados mediante clavos de forja, sobre el que se aplica una capa de barro que sirvió de asiento a la cubierta de tejas árabes, con unas dimensiones de 0,45×0,20-0,28 m.

En los depósitos de derrumbe se identifican indicios de fuego (maderos carbonizados), sin embargo, el abandono de los habitantes se produciría de manera ordenada, llevándose consigo los enseres. El material arqueológico recuperado se reduce a algunos fragmentos cerámicos comunes sin connotaciones cronológicas y a un conjunto de monedas de cobre que sirven de elementos de datación post quem: 2 tolletas de Fernando III y 3 ósculos y 1 dinero de vellón de Alfonso X.

Al margen de algunos elementos constructivos en materiales alóctonos recuperados en los derrumbes, cabe mencionar la recuperación de un sillarejo con una jaculatoria insculpida, representación común en los dinteles de los accesos a las viviendas cristianas.

A pesar de las dificultades que supone la carencia de material arqueológico y el que uno de los ámbitos ya hubiese sido intervenido sin dejar constancia de lo hallado, el contexto general de las estructuras documentadas en este periodo no deja lugar a la duda acerca de la identificación de este edificio como un espacio residencial.

En alguna ocasión se ha planteado la posibilidad de que el edificio U.H. 5 estuviese respondiendo a un centro de culto de época visigoda, funcionalidad que descartamos y que ya ha sido rechazada por otros autores. La ejecución con una fábrica destacable a base de sillarejos de gran tamaño (materiales que se habrían recuperado de los derrumbes de las torres que flanqueaban el acceso al castro), la orientación oeste-este, el tamaño y la distribución en planta, con semejanzas al centro de culto exhumado en el Cerro del Castillo (El Mirón), e incluso algunos elementos constructivos del interior de compleja interpretación, podrían hacer intuir una funcionalidad cultual, pero en ningún caso quedaría encuadrado en época visigoda.

El edificio reproduce, con algunos matices, la planta de una construcción previa del periodo visigodo (U.H. 3) que, exceptuando la orientación, responde, por tamaño y distribución, a una tipología similar a la otra estructura, del mismo periodo, documentada intramuros (U.H. 1), luego, y al margen de las importantes dimensiones de ambas construcciones, nada de excepcional tendría el edificio.

Dicho esto, un conjunto de elementos constructivos en materiales alóctonos, unos reutilizados en las fábricas de los edificios plenomedievales, y recuperados en los derrumbes, y otros hallados en depósitos de relleno de regularización generados con la reocupación del enclave, han de ser leídos como componentes de un edificio de prestigio, y, por qué no, de un centro cultual. Una columnilla (1,70 m de longitud) rematada por pequeños ábacos, un tramo de fuste estriado y fragmentos de posibles cimacios con decoración vegetal en bajorrelieve, todos en caliza marmórea, así como varias basas de columnas en granito, serían exponentes de un edificio notorio que, sin ser detectado en la excavación, testificaría que Navasangil dispondría de una edificación singular, otorgando al núcleo un rango mayor que el de aldea, en el que residiría una elite local militarizada y con competencias tributarias. En la Dehesa del Cañal (Pelayos, Salamanca), asociado al poblado de Cañal de los Hoyos, una construcción documentada en superficie, en el lugar conocido como El Cuarto de En medio, ha sido interpretada como un cenobio. Entre los derrumbes se recogió un tramo de fuste en caliza y un fragmento de cimacio en mármol, con decoración de aves y trifolias con zarcillo en bajorrelieve, y es que este tipo de elementos arquitectónicos con decoración son comunes en los centros de culto de época visigoda.

Dentro de este contexto, y sin pretensiones de establecer, por no disponerse de datos concretos y fehacientes, una relación directa con el hábitat de Navasangil, es ineludible referirse a la necrópolis, de tipología visigoda, enclavada en el paraje conocido como Fuente de los Piojos, en el piedemente de la ladera oriental de La Cabeza de Navasangil, a 0,6 Km de distancia.

En los años 60 fue parcialmente excavada por Antonio Molinero Pérez, no quedando ninguna constancia de las características de los ajuares ni de las inhumaciones. En el lugar se conserva un sarcófago monolítico en granito y lajas en el mismo material que procederían del desmantelamiento de cistas. Fragmentos de ladrillo y de teja se dispersan por el paraje que, junto con el acopio de piedra en un majano y un resalte en el terreno que, entendemos, es artificial, estarían insinuando la existencia de un posible centro de culto. El material cerámico es anecdótico, destacando, como único material-diagnóstico, un galbo oxidante con decoración a peine.

La naturaleza defensiva del enclave se reforzará con la construcción de una cerca que envuelve un espacio de 1,6 has. Trazada por el reborde del amesetamiento, y para incrementar el desnivel, se irá adaptando a los escarpes rocosos, interrumpiéndose persistentemente para ir integrando los afloramientos graníticos dentro de la defensa, circunstancia que favoreció el ahorro en tiempo y en medios humanos y materiales. Concebida a doble espejo, se ejecuta en mampostería de granito asentada con ripios que, toscamente desbastada y tomada con un mortero de barro anaranjado bien decantado, proporciona una disposición en hiladas. Disponiendo elementos a manera de tizón, el interior se rellena con mampuestos, cascajos y mortero de barro, desarrollando un grosor de 1,00-1,50 m.

Esta elemental construcción sería suficiente para reforzar las condiciones defensivas del promontorio, excepto al mediodía, único frente vulnerable y accesible para carretas, siendo la zona que presentaba una peor adecuación a la defensa, precisándose un mayor esfuerzo constructivo. En el lienzo meridional, en torno a la puerta, se centró la intervención arqueológica, abarcando 25 m lineales dispuestos entre masas graníticas (14 m al oeste del acceso, y 5 m al este).

Levantada desde el lanchar granítico, el grosor del lienzo es similar al detectado en el resto del trazado -1,50 m-, si bien, de manera inmediata, sería engrosado por el adosamiento de estructuras domésticas al interior y exterior en el tramo occidental, y exclusivamente al interior en el oriental, llegándose a alcanzar con este proceder hasta los 3,00-3,50 m de espesor. El tramo occidental fue reforzado con una suerte de contrafuerte para contrarrestar los empujes interiores. El acoplamiento de la fábrica en los aforamientos rocosos integrados en la defensa se hace tras practicar unos rebajes en el granito, impidiendo el desplazamiento de la mampostería.

Conserva un alzado de hasta 1,80 m, no siendo factible concretar la altura que alcanzaría la fábrica de mampostería: el expolio de materiales constructivos en épocas pasadas para ser reutilizados y los movimientos posdeposicionales facilitados por las pendientes, invalida cualquier intento de cubicar con objetividad los derrumbes documentados. Un potente depósito de arcillas anaranjadas, con una posición estratigráfica intermedia entre el nivel de derrumbe de la cubierta de la estructura doméstica adosada al exterior del lienzo de la muralla por debajo, y cubierto por el derrumbe de la mampostería de la cerca defensiva, consiente deducir que sobre el lienzo de mampostería se desarrollaría una fábrica de tapial. En la estratigrafía asociada a la muralla del castro del cerro de la Virgen del Castillo (Bernardos, Segovia), ocupado a partir de mediados del S.V d.C., se documentó un derrumbe de mampostería mezclado con tierras rojas compactas, no descartándose su origen en adobes o tapiales.

El acceso implica un corredor de 6 m de longitud y 3,00-3,50 m de anchura, causado por la interrupción e inflexión de los lienzos hacia el exterior, rematando los extremos en torres que flanquean y defienden la entrada al recinto. Los goznes excavados en el lanchar granítico para el acoplamiento de los quicios, justifican que el paso se cerraría con un portón de madera de doble hoja.

Cada uno de los torreones está concebido por dos cubos concéntricos: el interno de planta redondeada queda enmarcado en otro cuadrangular, caracterizado por emplear una fábrica de grandes bloques de granito, incluso sillarejos.

Como proyección del frente oriental del corredor hacia el interior, se encastra perpendicularmente un muro que interrumpe la continuidad entre la muralla y el bastión. Esta estructura, de factura diferente al resto de la construcción defensiva, tendría como función principal proteger la entrada del recinto, asemejándose a muros en disposición similar que se documentan en la muralla de El Cristo de San Esteban (Muelas del Pan, Zamora), enmarcada su construcción a finales del S. IV-principios del S.V d.C., y abandonándose, también a causa de un virulento incendio, a finales del S. VI-principios del S. VII d.C..

Exceptuando el acceso, la simplicidad de la cerca defensiva de La Cabeza de Navasangil, determinada por las envidiables condiciones orográficas, es una característica que se puede hacer extensible al grueso de recintos fortificados en alto de la época en la cuenca del Duero, traduciéndose en la ausencia de unos elementos constructivos comunes que pudieran tener connotaciones tipológicas y cronológicas evidentes. Diferente es el caso de las fortificaciones urbanas, en las que Fernández Ochoa y Morillo Cerdán (1992: 346-348) reconocen características comunes para los amurallamientos de estos momentos, no detectándose diferencias sustanciales entre las defensas bajoimperiales y las de época visigoda. Una característica común a estas fortificaciones serían las entradas flanqueados por torres proyectadas al exterior, fórmula con la que se pueden observar semejanzas en el acceso a Navasangil.

Quizás no tenga ninguna relevancia, pero cabe preguntarse la razón por la que estas gentes ocupan Navasangil y descartan la posible reocupación del castro tardo-vettón de Ulaca que, a una distancia de 2,00 km, tiene un mayor dominio visual del valle y un mejor emplazamiento defensivo. Bien es cierto que en Ulaca se han recogido materiales de época visigoda, rastreándose la posibilidad de haber sido puntual y parcialmente ocupado. Tal vez el motivo esté en el desproporcionado tamaño del castro vettón (70 has), inapropiado para las necesidades estratégicas de las gentes de Navasangil o en el control directo que se debía de ejercer sobre el paso de montaña que flanquea Navasangil.

El trazado de la cerca defensiva de Navasangil, condicionado por la orografía, fue el más acertado para poder establecer una correcta defensa del enclave, comportando que el núcleo urbano hubiera de adaptarse al espacio circunscrito por la línea defensiva. Los afloramientos graníticos, que salpican el asentamiento, supondrán un segundo elemento determinante en la distribución espacial de las construcciones, siendo, en ocasiones, manipulados para ser integrados en edificaciones.

En superficie se reconocen unas 35 estructuras domésticas que, con una compartimentación interior en 1, 2 ó 3 estancias, provocan una disposición hacinada del conjunto urbano, fundado sin unas directrices urbanísticas evidentes, al margen de un posible eje que, desde el acceso al castro, vertebraría el asentamiento. No hay lugar para espacios libres de construcciones, característica que contrasta con la ocupación intramuros de otros castra coetáneos, en los que se detectan amplios ámbitos desocupados, es el caso de El Cristo de San Esteban. Extramuros, al margen de la estructura adosada al lienzo de la cerca defensiva, se detecta una única estructura. De planta cuadrangular, queda enfrentada a la puerta del asentamiento, a 0,1 km. al otro lado del camino que, desde el valle, da acceso al castro. La interpretación parece evidente: cuerpo de guardia para fortalecer la defensa del acceso al enclave.

La intervención arqueológica ha exhumado tres estructuras de habitación del periodo visigodo, dos intramuros (U.H. 1 y 3) y una tercera adosada al lienzo exterior de la cerca defensiva (U.H. 2).

La técnica constructiva es la mampostería de granito toscamente desbastada y asentada con ripios, a doble espejo, con el interior relleno de cascajo y tomada con un mortero de barro anaranjado bien decantado, argamasa también empleada para encintar las juntas de la mampostería. Se erigen desde el lanchar granítico, desarrollando un grosor 0,65-0,70 m. El alzado sería enteramente en mampostería, descartándose las fábricas de tapial a partir de zócalos de piedra, manera de construir documentada en territorios cercanos como lo es la actual región de Madrid. En Navasangil, los depósitos de derrumbe de los paramentos contienen barro, pero procedente del mortero empleado en la fábrica y en el encintado de las rendijas; en U.H. 2 se detecta un potente depósito de mortero, pero su disposición y posición estratigráfica implica un origen en la cerca defensiva.

Las cubiertas introducidas son de dos tipos. Una primera, muy elemental, confeccionada a partir de un entramado de rollos de madera y ramajes (empleada en la U.H. 1). El segundo tipo reproduce la cubierta vegetal, pero se complementa con una capa de mortero de barro sobre el entramado vegetal para asentar las tejas curvas, ornamentadas con ondulaciones digitales (se reproduce en U.H. 2 y U.H. 3). Dadas las dimensiones de las unidades de habitación intramuros, la disposición habría de ser a dos aguas, no así la estructura adosada a la muralla extramuros, que quedaría cubierta por un tejado a una sola vertiente.

Para adaptar la superficie de suelo al tránsito, en un entorno en el que los lanchares graníticos afloran desarrollando pronunciados desniveles, se adoptaron diferentes soluciones. Excepcionalmente en U.H. 3 (amortizada por U.H. 5 en la Plena Edad Media), y debido a que el sustrato geológico en este punto se expresa con un alto grado de degradación, la superficie fue manipulada y regularizada, logrando una superficie horizontal. En U.H. 1 el pronunciado buzamiento que el lanchar granítico describe se solventó con aportes de tierras en las dos estancias occidentales, sin embargo, en la habitación 1c la irregularidad es muy pronunciada, no existiendo aporte de tierras. El sustrato geológico se muestra completamente ennegrecido, evidenciando que el fuego incidió directamente sobre esa superficie. No se comprende que el ámbito fuese habitable sin solventar la inclinación, luego cabe la posibilidad que se emplease una solera de madera, creando una pequeña bodega bajo ella, manera de proceder que no sería excepcional. En U.H. 2 las irregularidades del sustrato geológico se solucionaron con el aporte de tierras y la puntual disposición de pequeñas losetas de granito.

U.H. 1 se adosa al paramento interior de la cerca defensiva, acomodándose por el frente occidental a una gran masa de granito aflorante. La planta se distribuye en 3 ámbitos: 1c, de planta cuadrangular (10 m²) y 1b, de planta pseudos-rectangular (22 m²), se idean paralelas al lienzo de la cerca. La tercera estancia (1a, 40 m²), parcialmente amortizada en el S. XIII por U.H. 4, es de planta rectangular, compartiendo muro medianil con la estancia 1b.

U.H. 3, también intramuros, fue amortizada por la estructura residencial levantada en época plenomedieval; aún así, se certifica una estructura con una planta muy similar a la desarrollada en el S.XIII: cuerpo principal rectangular dividido en dos ámbitos, y un tercer ámbito cuadrangular que se traza, a modo de apéndice, en el tercio NE del edificio. El acceso, de 1,05 m de ancho, se orienta al septentrión, dando paso a la estancia principal.

Ambas estructuras responden a una planta y un espacio habitable similar (U.H. 1: 72 m², y U.H. 3: 80 m² aproximadamente), tamaño muy considerable que hablaría sobre el estatus social de sus ocupantes, aunque la disparidad en las cubiertas implicaría jerarquización.

El desordenado y precipitado abandono del poblado a consecuencia del fuego que afecta globalmente a todo el asentamiento, y que vendría originado por una operación bélica, deriva en que la derrotada población no pueda llevarse consigo sus enseres y reservas alimenticias, quedando abandonados a las llamas, y permitiendo que se puedan hacer consideraciones acertadas acerca de las actividades realizadas en su interior. En los ámbitos en los que los depósitos no se han visto alterados por las construcciones plenomedievales, ni por los agentes erosivos (el ámbito 1c de U.H. 1, debido al pronunciado buzamiento del lanchar granítico, los depósitos arqueológicos fueron muy afectados por la acción de la lluvia), los enseres hallados y su disposición permiten hacer algunas consideraciones de interés.

La amortización de U.H. 3 en época Plenomedieval eliminó los depósitos sedimentarios de la época visigoda, excepto en la estancia NE, donde sirvieron para regularizar el sustrato geológico, lo que ha posibilitado la recuperación de un conjunto de enseres domésticos que, aunque desplazados, permiten establecer paralelismos con la construcción vecina en lo que se refiere a su uso. Entre el material recuperado en este depósito, sobresale un stilus, un gancho con enmangue tubular y una punta de lanza foliforme, al margen de recipientes de mesa y cocina.

Mayores posibilidades interpretativas permite U.H. 1. En el ámbito septentrional, y a pesar de que los depósitos arqueológicos se vieron afectados por los trabajos de regularización realizados en el siglo XIII, se documenta un espacio que, en el ángulo NE de la estancia, podría responder al lugar establecido para encender la lumbre, y al que se asocian un conjunto de objetos en hierro: un pequeño caldero de hierro y un tramo de llares que servirían para suspender el recipiente sobre los fogones, y una badila para atizar el fuego, además de un conjunto cerámico, en el que predominan los recipientes de cocina y de mesa. Un conjunto de grandes baldosas de barro cocido (46x31x7/8 cm), decoradas con ondulaciones digitales, también pudieran estar relacionadas con la hoguera.

El bagaje de materiales en hierro, relacionados con actividades económicas y domésticas, lo completan un hacha de poda, elementos de dos pares de tijeras, un cuchillo, un posible fragmento de sierra, un gancho de suspensión, unas pinzas y un alfiler en cobre, al margen de otro numeroso elenco de difícil interpretación por su nefasto estado de conservación. Un posible puñal y una lanza de hoja foliforme responden al contexto militar en el que el castro ha de ser entendido.

En la estancia que se antepone a la anterior -1b- se constata, en el frente occidental, un juego de molinos de granito, al que se le asocia cereal carbonizado y un barreño asentado en el suelo. Platos, botellas y otros recipientes de cocina y de mesa se dispondrían en repisas suspendidas en los paramentos de la estancia, razón por la que estos enseres se disponen, fragmentados, en el perímetro de la estancia. En la estancia restante destaca la importante cantidad de cereal carbonizado disperso por todo el ámbito, insinuando un lugar de almacenamiento.

Al exterior de la estructura doméstica se recuperó un conjunto de piezas que informa fehacientemente acerca de la actividad económica del castro: yunque para afilar guadañas, fragmentos de un embudo y dos cencerros de bovino.

Pero la estructura más expresiva es U.H. 2. Adosada al paramento exterior, queda encajada entre la torre que flanquea el acceso y una masa de granito aflorante, adoptando una plata pseudo-rectangular, que se articula en dos estancias sin comunicación entre sí. Al ámbito principal, adosado a la torre de la cerca, se accede por una puerta de 1,05 m de ancho, dando paso a un ámbito rectangular con un área de 30 m², caracterizado por un bolo de granito que anula el 20% del espacio transitable. La ausencia de espacio, e incluso malas condiciones de habitabilidad, se podrían contradecir con el ajuar doméstico en su interior recuperado: una tinaja de almacenaje, a la que se asocia cereal carbonizado, ocuparía el tercio occidental de la estancia y en el paramento meridional, sobre repisas, se dispondría una notoria colección de recipientes caracterizada por la diversidad: jarro con decoración ondulada incisa, olla, jarra, copa, cuenco, 2 platos burilados y fragmentos reconstruibles de cuenco carenado y decoración burilada, botellas, alguna con estampados, jarras y platos estampillados. Pero lo más sobresaliente son las armas ofensivas contenidas en esta estancia y que responderían a la panoplia de un guerrero: hoja de lanza con enmangue de espiga, lanza de enmangue tubular, spatha y hacha doble. Un cuchillo, un cencerro de ovino, una fusayola, unas llares y una pizarra numérica y otros 18 fragmentos dispersos, completan el ajuar recuperado en la estancia.

Compartiendo medianería por occidente se traza una pequeña estancia -4 m²-, con un vano de acceso de 0,90 m. La importante cantidad de cereal carbonizado recogido en el nivel de incendio/destrucción, no dejan lugar a la duda acerca de la funcionalidad de este espacio: silo o granero. La ausencia de recipientes de almacenaje y la caótica disposición del derrumbe que, además, contiene una desproporcionada cantidad de maderos carbonizados, implica un habitáculo en dos alturas, en cuyo ámbito superior, a manera de troje y aislado de la humedad, se almacenaría el grano. Con el bajo se asocian varias ruedas de molino y dos cuencos.

La ubicación extramuros y flanqueando el acceso al castro, la abundancia de cereal almacenado y ausencia de utillaje agrícola, el desproporcionado ajuar doméstico en relación a las reducidas dimensiones del habitáculo, las pizarras de contabilidad, la ausencia de utillaje doméstico y la panoplia de un guerrero al completo, provocan interpretar el edificio como una suerte de fielato o lugar de recogida de arbitrios y gravámenes por acceder al núcleo de población, tal vez para ofrecer sus productos del valle a las gentes militarizadas que residían en el castro, muy en consonancia con el contexto global que para Navasangil, con matices, proponemos, como centro de poder político-económico, habitado por una elite local con competencias en la recogida de tributos y en la defensa y control de la comarca, contexto defendido para los enclaves en alto meseteños. Cereal y recipientes cerámicos serían el gravamen pagado, contabilizado por un escribano y defendido por un guerrero.

Concluidas las acciones de saqueo, en el 411 d.C. el pueblo alano se asentará en la Lusitania y en parte de la provincia Cartaginense, llegando con ello una etapa de relativa estabilidad, situación de paz que no habrá de ser duradera. El poder imperial decidirá restablecer el dominio en Hispania, para lo que se servirá del pueblo visigodo que, federado de Roma desde el año 415 d.C., se comprometerá a expulsar de la Península a los vándalos silingos y alanos, hecho que se produce entre los años 417-418 d.C. La situación de instabilidad y de saqueo no tardará en volver a afectar al territorio que nos ocupa. El pueblo suevo, asentado en la Gallaecia desde el 411 d.C., saqueará, al mando de Requila, la Bética y, posteriormente, la Lusitania. De nuevo serán los visigodos quienes, tras devastar la Lusitania, expulsen a los suevos de la Lusitania en el 468 d.C., quedando la provincia bajo el dominio visigodo.

Este escenario de inseguridad acontecido a lo largo del S.V d.C. conlleva el que la población se vea abocada a protegerse y defenderse, ocupando ámbitos en alto. Con esta situación ha querido relacionarse una posible cerca defensiva exhumada en los solares anejos al palacio de los Águila en la ciudad de Ávila, y en este mismo contexto habría que encuadrar un conjunto de enclaves en alto, con materiales tardorromanos, inventariados en la provincia de Ávila: La Teta (Gilbuena), Cerro de El Castillo (El Mirón), El Castillo (Cardeñosa) o Cerro de San Miguel en Navarredondilla, así como la posible primera ocupación de La Cabeza de Navasangil, detectada a partir de sigillatas tardías halladas en ambientes exteriores a las estructuras domésticas. Navasangil, en los momentos previos a la caída del poder romano, puntualmente pudo funcionar como refugio de la población que habitaba en el valle en torno a las villae latifundistas.

Varios de estos asentamientos parecen abandonarse a finales del mismo S.V d.C., sin embargo, Navasangil y El Castillo de El Mirón irán, posiblemente con un intervalo de abandono, más allá de estos momentos de inestabilidad.

Establecido el poder visigodo y desarticulado el poder romano, y con él el modelo de villa latifundista, el territorio que configura el Valle Amblés adoptaría una nueva estructuración del territorio, quedando configurado por una civitas, Abula, que, emplazada en el extremo oriental del valle, encabezaría la malla de ocupación del territorio, constituyéndose en sede episcopal; por el castrum de La Cabeza de Navasangil; y por un conjunto de asentamientos rurales -granjas y aldeas, bien definidas para el actual territorio madrileño por Vigil-Escalera y extrapolable a los territorios al sur del Duero -. Ejemplo de este poblamiento sería el enclave de Los Pozuelos (Solosancho), aldea emplazada en el piedemonte del reborde meridional del Valle Amblés, a 1,8 km de La Cabeza de Navasangil y constituida por estructuras domésticas de planta rectangular construidas en mampostería de granito. También se caracterizaría este momento por una ocupación marginal de las antiguas villae bajoimperiales, aspecto este observable, por ejemplo, en Las Fonteras (Muñogalindo) o La Pared de los Moros en Niharra.

Ha sido Blanco González quien, a partir de trabajos de prospección y de las escasas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el territorio que abarca el Valle Amblés, ha analizado el poblamiento altomedieval en época visigoda en el Valle Amblés. En este trabajo, y en otro posterior, se constata el surgimiento, a partir de la segunda mitad del S.V d.C., de nuevos núcleos rurales en la periferia de los enclaves tardorromanos, así como una diversificación tipológica de los asentamientos, predominando, con rotundidad, el poblamiento rural disperso, dedicado, principalmente, a la explotación agropecuaria y forestal del territorio. La explotación del territorio estaría dirigida y fiscalizada desde la civitas de Abula, único centro urbano de la comarca, y, posiblemente, desde el castrum de La Cabeza de Navasangil, donde residirían aristocracias locales, aspecto ya sobradamente defendido por otros investigadores.

Esta nueva pauta en la ocupación y explotación del territorio, tras el desmoronamiento del poder romano en favor del visigodo, es un hecho que se reproduce en toda la cuenca del Duero, habiendo sido constatada en ámbitos territoriales próximos a La Cabeza de Navasangil, como la región de la Armuña, relativamente próxima al Valle Amblés, y en el valle del río Alagón, ambas en la provincia de Salamanca, si bien en el valle del río Alagón los patrones de ocupación reflejan importantes diferencias respecto a la Armuña y el Valle Amblés; en el valle medio del Duero; y en la actual provincia de Madrid, entre los ríos Jarama y Guadarrama.

Dentro de esta propuesta de jerarquización de los asentamientos del Valle Amblés, el castrum de Navasangil, con un control estratégico de la comarca, estaría habitado por una elite local que, con cierta autonomía respecto al poder central, tendría competencias en la recogida de tributos, en la organización de la defensa del territorio y en la impartición de justicia, contexto defendido para los enclaves en alto en este y otros territorios meseteños y de fuera de la Meseta.

Un elemento común a los castra de época visigoda en el suroeste de la cuenca del Duero, sobradamente representado en Navasangil, son las pizarras numéricas o de Lerilla, directamente relacionadas con las actividades fiscalizadoras o de contabilidad tributaria que en estos enclaves se llevarían a cabo. En cualquier caso, sería indicio de una gestión más allá de la lógica campesina, enseña de unas elites rurales. Pero, ¿qué es lo que se contabilizaba? Ya que un porcentaje elevado de estos yacimientos se emplazan en lugares de reconocida actividad ganadera, las pizarras se han querido poner en relación con el control del paso del ganado, pero también con cualquier otra actividad de contabilidad o fiscal dentro de las funciones de estos enclaves, que podrían actuar como centros de captación de tributos a un nivel local.

Sin salirse de este contexto interpretativo, se hace preciso hacer algunas matizaciones y consideraciones acerca del origen y finalidad de Navasangil. Tratándose de un emplazamiento con potencialidad para la actividad pecuaria, ocupación contrastada en el utillaje recuperado en el asentamiento (cencerros de bovino y ovino y yunque de guadaña, utensilio empleado en la siega de hierba para el alimento de animales estabulados), La Cabeza de Navasangil flanquea uno de los pasos obligados que conducían los rebaños, desde el valle, a los pastos de la montaña. Sin embargo, descartamos la posibilidad de que el castro surja, al menos exclusivamente, en relación con el control del paso de ganados, y ello porque esta es una ruta secundaria, en la que no convergería un número tan importante de rebaños como para forjar el surgimiento de un enclave de las características de Navasangil.

Que el enclave tiene un rango superior al de la aldea, siendo el núcleo en el que residiría una elite local con poder y competencias fiscales sobre la población de las aldeas y granjas del valle, es un hecho que parece irrefutable, corroborado por elementos tangibles como lo son el que disponga de defensas -construcción que requirió de un poder que organizase el trabajo y de una considerable inversión en medios humanos- y de, al menos, un edificio de prestigio –no identificado, pero constatado por la presencia de elementos constructivos en materiales alóctonos, en ocasiones con decoración de calidad en bajorrelieve-; la ausencia de utillaje agrícola y presencia de considerables cantidades almacenadas de cereal, que podría interpretarse como el pago en especie de tributos; las pizarras numéricas, identificadas como tablas de contabilidad; y el armamento ofensivo hallado, serían otros elementos que afianzarían la interpretación de Navasangil como centro de poder.

Sin embargo, la proximidad a Abula (20 km), y de ser cierto que la explotación del territorio estuviese dirigida y fiscalizada desde la civitas, hace plantear algunas dudas razonables sobre sus competencias sobre la población del valle, principalmente en lo que se refiere a atribuciones jurídicas e, incluso, recaudatorias, o, en cualquier caso acerca de que estas fuesen sus principales atribuciones.

Sin distraer el control que pudiese ejercer sobre el tránsito de ganados en busca de pastos, y el cobro por el uso de estos, su posición geográfica le otorga el dominio visual y estratégico sobre la red viaria que surca el Valle Amblés, de las calzadas de enlace que unirían Abula con la Vía de la Plata a través de la conocida como Calzadilla, proyección en el valle de la calzada del Puerto del Pico, o por la ruta que actualmente sigue la Carretera N-110, vadeando el Puerto de Villatoro. Con una inminente función militar como guarnición de control y vigilancia, es en este contexto en el que, entendemos, debe ser interpretado Navasangil, como centro de poder desde donde se ejercería el dominio y autoridad sobre las vías de comunicación, manteniendo y protegiendo la actividad comercial que fluiría por el Valle Amblés. Esta función militar y de control de la vías de comunicación ya ha sido defendida por López Quiroga para los castros habitados a partir del S.VI d.C. en el noroeste de la Península, castros que, como ocurre con La Cabeza de Navasangil, se caracterizan por su posición relevante en el paisaje en el reborde de grandes sistemas montañosos.

Sin ser una población subsidiada por la población del valle, al menos enteramente (la actividad ganadera está lo suficientemente constatada en el castro), y al margen del poder recaudatorio que se pudiera ejercer desde este centro de poder por una elite comarcal y de la tributación que se pudiera obligar a cambio de la defensa del valle, la construcción extramuros adosada a la torre que flanquea el acceso al castro es esclarecedora. Todos los elementos que la identifican y caracterizan (ubicación y reducidas dimensiones, almacenamiento de cereal, ausencia de utillaje, desproporcionado número de recipientes cerámicos, pizarras numéricas y panoplia completa de guerrero) convergen en identificar este edificio como un establecimiento similar a un fielato o edificio en el que, establecido a la entrada del castro y defendido por un guerrero, se recaudarían tributos y gravámenes en especie por acceder al núcleo urbano (cereal y recipientes cerámicos son los elementos documentados, si bien no se descarta el que los recipientes pudieran contener otros productos líquidos), tal vez a comerciar con los productos del valle. La ausencia de utillaje doméstico implica que el edificio tenía una finalidad exclusivamente recaudatoria, no siendo utilizado como espacio residencial.

Originado al final del S.V-principios del S.VI d.C., La Cabeza de Navasangil, con una incuestionable importancia geopolítica, por controlar el territorio y ser residencia de una elite local militarizada, y geoeconómica, por controlar y proteger el flujo comercial por el valle y el pastoreo de la sierra, será un objetivo fundamental para cualquiera que pretendiera dominar el Valle Amblés. Y de esta prioridad estratégica se derivará su trágico final a principios del S.VII d.C. Desconociéndose las causas reales, tal vez en relación con alguno de los frecuentes enfrentamientos entre grupos aristocráticos, Navasangil será destruido por un virulento incendio, sin duda, producto de una acción beligerante. La población deberá abandonar de manera precipitada el enclave, dejando tras de sí sus enseres.

Bibliografía

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