Castro de Ulaca

Castro de Ulaca

Villaviciosa, Solosancho

Declarado BIC, con categoría de Zona Arqueológica.
En el yacimiento se han ejecutado varias campañas de restitución topográfica y restauración en la muralla.

Los vettones

Durante la conocida como IIª Edad del Hierro (450 a.C- S.II a.C), las tierras suroccidentales de la Meseta Norte (actuales provincias de Ávila y Salamanca), y áreas colindantes al otro lado del Sistema Central (Este de Cáceres y Norte de Toledo), están ocupadas por los vettones, pueblo que desarrolla la conocida como Cultura de Cogotas II, que se caracterizan por:

  • Habitar en castros, dotados de complejos sistemas defensivos.
  • Incinerar a sus muertos, enterrándolos en grandes necrópolis.
  • Tallar esculturas zoomorfas, comúnmente llamadas “verracos”.
  • Desarrollar la metalurgia del hierro y adoptar el torno de alfarero.
  • Una sociedad estratificada, en cuya cúspide estaría una elite que, dedicada al gobierno, detentaría parte de su poder en la posesión de rebaños de bovino; diferenciada del conjunto más numeroso de guerreros, controlaría la economía y promovería la guerra y las alianzas. En otro escalón estarían los artesanos y comerciantes. Por debajo, los agricultores y esclavos, que conformaban más del 80% de la población.

(Fabián García, J.F (2005): Guía del Castro de la Mesa de Miranda en Chamartín, Ávila):

Las fuentes históricas y las arqueológicas unidas han permitido a los investigadores reconstruir la historia que pudo afectar a las gentes vettonas durante la segunda mitad del primer milenio a. C.

Roma y Cartago eran las dos potencias más importantes en el Mediterráneo durante el siglo III a. C. Ello motivó su inevitable colisión, puesto que los intereses de ambas eran expansionistas y giraban en tomo a los mismos presupuestos. Por estas causas surgieron las llamadas guerras púnicas, la primera de las cuales tuvo lugar en el 264 a. C., finalizando en el 241 a. C., sin que se vea afectada la Península Ibérica por las operaciones militares (Cartago perderá su influencia en el Mediterráneo Oriental y central). Tal vez aún no se habría fundado el castro de Ulaca, pero sí el de Las Cogotas y la Mesa de Miranda, y previsiblemente estaban al tanto de la existencia de ambas potencias y de sus litigios, sobre todo porque la presencia cartaginesa, en forma de expediciones comerciales y de colonias en la costa levantina y andaluza, hacía que llegaran sus productos e influencias hasta las tierras del interior.

Entre la primera Guerra Púnica y la segunda habrá un periodo de paz en el cual Cartago inicia la conquista de la Península Ibérica, acuciado por la crisis desatada tras su derrota. Eso sucede a partir del 237 a. C., implicando una serie de operaciones que pondrán en guardia a toda la población hispana, pero sobre todo a la zona sur, sureste y costa levantina que será conquistada. Es la época de los generales cartagineses Amílcar, Asdrúbal y Aníbal. Será precisamente Aníbal quien lleve a cabo una serie de expediciones a la Meseta que sin duda debieron afectar a lugares como el castro de Las Cogotas o La Mesa de Miranda, puesto que llegó hasta territorio de los vacceos, en el Valle del Duero. Por el momento no conocemos con datos fehacientes si estas expediciones militares tuvieron algún efecto sobre el castro de Ulaca, cuya fundación tal vez esté respondiendo a esta invasión (los castros de Cogotas y Mesa de Miranda, a pesar de sus defensas, no tienen condiciones orográficas para hacer frente a maquinaría de guerra; el emplazamiento de Ulaca sí podría resistir el asedio de esta maquinaria). El hecho de que lo tuviera en la vecina Helmantiké o Salnumfica (actual Salamanca) con el saqueo de la ciudad en el 220 a.C., hace previsible la idea de que lo tuviera también en los castros de Ávila.

Entre el 218 y el 202 a. C. romanos y cartagineses van a enzarzarse de nuevo en una guerra, será la conocida como Segunda Guerra Púnica, en la que uno de los escenarios es la Península Ibérica, un territorio codiciado por ambos. De esta forma en el 218 a. C. desembarca en Ampurias Cneo Escisión, iniciándose la conquista romana de la Península Ibérica, que finalizará casi 200 años después. En este momento ya estaría fundada Ulaca. Tal vez coincidiendo con el conocimiento de la llegada de los ejércitos romanos, las poblaciones de Las Cogotas y de La Mesa de Miranda se reagruparían en el cerro de El Castillo (Ulaca), emplazamiento que por su orografía podía hacer frente a las legiones y a su avanzada maquinaría de guerra; el emplazamiento y defensas de los dos primeros castros, no podrían resistir un asedio del ejército romano.

Ganada la guerra y expulsados los cartagineses finalmente de la Península, y eliminada por tanto su base de sustentación y competencia con Roma, la conquista romana será un hecho lento y progresivo, en principio, con el pretexto de liberar a los nativos del yugo cartaginés. El avance de la conquista fue de este/sur-este a oeste/sur-oeste. Una de las mayores preocupaciones de los romanos era la de asegurar el territorio conquistado y su consiguiente explotación económica. Lo era porque con frecuencia pueblos de la Meseta, entre los que se encontraban fundamentalmente los lusitanos y los vettones, solían hacer expediciones de saqueo a las ricas ciudades del Valle del Guadalquivir, dominadas por los romanos. Las desigualdades sociales en los pueblos meseteños, la precariedad de los recursos, a veces limitados por el crecimiento demográfico, mantenían vivas las tradiciones guerreras de estas gentes, entre las que se encontraban los habitantes de los castros abulenses. Son significativos al respecto los textos de autores antiguos como Diodoro de Sicilia y Estrabón.

Diodoro de Sicilia comenta lo siguiente:

“… hay una costumbre muy propia de los iberos, más sobre todo de los lusitanos y es que cuando alcanzan la edad adulta, aquéllos que se encuentran más apurados de recursos pero destacan por el vigor de sus cuerpos y su denuedo, proveyéndose de valor y de armas, van a reunirse en las asperezas de los montes; allí forman bandas considerables que recorren Iberia, acumulando riquezas con el robo, y ello lo hacen con el más completo desprecio a todo… “.

Estrabón describe a estas tribus así:

“… las que habitan un suelo pobre y carente de lo más necesario, habían de desear los bienes de los otros (…).La mayor parte de estas tribus han renunciado a vivir de la tierra para medrar con el bandidaje, en luchas continuas mantenidas entre ellas mismas o, atravesando el Tajo, con las provocadas con las tribus vecinas (…).Como éstas tenían que abandonar sus propias labores para rechazar a los de las montañas, hubieron de cambiar el cuidado de los campos por la milicia y, en consecuencia, la tierra no sólo dejó de producir incluso aquellos frutos que crecían espontáneos, sino que además se pobló de ladrones.. “

Este ambiente, fuera demasiado exagerado o no por los cronistas, tuvo que implicar a las gentes de Ulaca, emplazadas en una zona donde los recursos no son demasiado abundantes como para soportar problemas tales como sequías, guerras o bruscos aumentos de la población.

Al menos desde el 194 a. C. hay constancia de expediciones de saqueo lusitanas a la zona del Guadalquivir. Es probable que los vettones, a menudo aliados de los lusitanos, participaran en ello. Este clima de inestabilidad que propiciaban, provocó la reacción de los romanos, que entre otras cosas tuvieron un pretexto para llegar hasta la Meseta y tomar conciencia de los recursos que podían serles útiles. Así, hay campañas diversas como las de los pretores L. Postumio Albino y Tito Sempronio Graco en el 180 a. C. contra los lusitanos. Esta expedición militar no se conoce en cuánto y en qué pudo afectar al castro de Ulaca. Aun en el caso de que no hubiera tenido participación directa en los hechos, el clima de inseguridad tuvo que afectarle.

Entre el 155 y el 133 a. C. tienen lugar las llamadas Guerras Celtíbero- Lusitanas en las que los vettones van a jugar un papel importante al lado de los lusitanos. Con toda seguridad grandes asentamientos hubieron de participar de todas las formas posibles en la contienda, tanto aportando guerreros como sufriendo las consecuencias de la guerra, en medio de un clima de inseguridad que queda patente en sus sistemas defensivos. Éste va a ser el tiempo del caudillo lusitano Viriato que tantos problemas dio a los romanos. Todo había empezado por la frecuencia, de nuevo, de los saqueos lusitanos y vettones en el sur a partir del 155 a. C. Posiblemente ésa será la causa principal de las primeras refriegas, una de las cuales supone la severa derrota del ejército del pretor L. Manlio, con 9.000 bajas, a manos de la coalición lusitano-vettona mandada por el caudillo luso.

En el 150 a. C. el pretor Galva, bajo la promesa de repartir tierras, reúne a 30.000 lusitanos, entre los que previsiblemente había también vettones, pues las condiciones de vida eran las mismas y actuaban asociados en todo, aunque fueran pueblos descritos como distintos. Les reúne en tres campamentos, les convence de su desarme y ordena la matanza de muchos de ellos y la esclavización del resto. Ello supone de nuevo un acrecentamiento de la tensión. La indignación lusitana (y previsiblemente también vettona) va a encumbrar a Viriato y con él el hostigamiento continuo a las tropas romanas a partir del 147 a. C. y durante los seis años siguientes, aliado con los pueblos vecinos.

En el 139 a. C. es asesinado Viriato. En el 138 a. C. el romano Décimo Junio Bruto lleva a cabo una campaña militar llegando victorioso hasta el otro lado del Duero. Ello implica que el territorio vettón quedaba bajo el control romano desde ese momento. Aunque las guerras celtíbero-lusitanas no van a terminar hasta el 133 a. C. con la toma de Numantia. Las futuras investigaciones aclararán si la victoria romana se produjo por la vía diplomática, a través de la rendición pactada, o por la fuerza, lo cual tuvo que provocar grandes desastres. En cualquier caso hubo de vivirse una situación difícil que fue o bien el final del castro, o el principio de un fin que se produciría casi un siglo después.

En cualquier caso, nuestro territorio no parece haber sido escenario de grandes operaciones bélicas en el S.II a.C.

En vísperas de la conquista romana, o durante su desarrollo, se produce entre los grupos de la Meseta una serie de novedades, entre las que hay que destacar:

  • Fortificaciones que se construyen apresuradamente ante los acontecimientos bélicos; este es el caso de La Mesa de Miranda -incluso del inconcluso lienzo Sur de la cerca de Ulaca-, donde se construirá un tercer recinto, amortizando parte de la necrópolis, ante la campaña de Postumio del 179 a.C. o durante la expedición de Viriato.
  • Aparece la cerámica numantina. Frente a la relativa uniformidad que caracteriza a la cerámica celtibérica, surge ahora una producción singular: la cerámica numantina, la cual presenta una rica temática decorativa y una gran viveza en su colorido, siendo muchas de ellas polícromas.
  • Atesoramientos, que al no haber podido ser recuperados por sus dueños han llegado a nosotros, informándonos sobre la calidad de la orfebrería prerromana. Estos tesorillos se esconden ante la eminente llegada de las legiones romanas. Estos tesorillos se reparten por todo el territorio de la Meseta, tratándose de ocultaciones de ricos objetos de oro y plata (torques de hilos de plata trenzada, pulseras de oro, brazaletes con extremos decorados en cabezas de serpiente, fíbulas, pequeños vasos, monedas romanas, etc.). El ejemplo más cercano son los tesorillos de El Raso (Candeleda).

Todos los autores que de una manera u otra han tratado los castros de la comarca coinciden en que estos no fueron romanizados: no se han encontrado materiales romanos, lo cual es avalado por la ausencia total de materiales romanos entre los hallados en las excavaciones.

Muchos de los establecimientos vettones prerromanos van a seguir habitados, aunque ya bajo el control romano. Otros serán desalojados y desplazada su población e incluso aniquilada, puesto que la venganza por ese procedimiento de los vencedores solía acarrear tales acciones. Es posible que el castro de Ulaca no fuera desalojado de manera inmediata y de manera absoluta, aunque sí inutilizado defensivamente, con el sistema defensivo arruinado para evitar problemas. Si fue de este modo, su decadencia se inició en estos momentos y puede que fuera paulatina hasta las Guerras Civiles, a partir de las cuales se habría producido su definitivo abandono.

Entre el 82 a.C y el 72 a.C se desarrollan las llamadas Guerras Sertorianas, la primera parte de las Guerras Civiles que enfrentaban por el poder a dos facciones dentro del seno del Imperio Romano. El enfrentamiento se produjo entre los partidarios de Sila y los de Mario. Sartorio, partidario del segundo, organizó en Hispania un ejército de romanos y lusitanos, del que también formarían parte los vettones. Sartorio fue capaz de captarles para su causa por la esperanza de respiro que suponía en la asfixia explotadora a que se estaba sometiendo a los pueblos del interior. La derrota de Sartorio hubo de suponer un agravante en la situación.

Si Ulaca aún no había sido abandonado tras aquella derrota, lo sería a partir del fin de la IIª Guerra Civil, librada en Hispania -49-44 a.C- entre los partidarios de César y Pompeyo.

Como muy tarde será a partir de este momento cuando los castros se abandonen de manera definitiva., obligándoles a asentarse en la llanura, sin posibilidades defensivas.

Álvarez-Sanchís en su estudio de los vettones plantea la posibilidad de que los pobladores de Sierra de Ávila-Valle de Amblés -Las Cogotas, La Mesa de Miranda, Ulaca y Ojos Albos- se trasladasen al valle, probablemente al lugar que ocupa hoy Ávila, cuya semejanza con la ciudad de Obila, mencionada por Ptolomeo, ha originado una identificación hipotética con la ciudad actual, ciudad que se fuda a mediados del S.I a.C, coincidiendo con el final de las Guerras Civiles.

(Fabián García, J.F (2005): Guía del Castro de la Mesa de Miranda en Chamartín, Ávila)

La Península Ibérica era en el siglo V a.C. un mosaico de pueblos y el vettón era uno de tantos. Geógrafos e historiadores romanos contaron en sus crónicas muchos detalles de los pueblos hispanos. Aunque este tipo de fuentes contienen bastantes imprecisiones, al no ser en muchos casos de primera mano, parece que los vettones se extendían por las actuales provincias de Ávila, Salamanca, Cáceres, parte de la de Toledo y posiblemente la zona norte de la de Badajoz. Ello se ha concretado a partir de las descripciones de cronistas como Estrabón, Ptolomeo o Plinio, que a su vez habían manejado fuentes anteriores. Para algunos historiadores el territorio vettón podría haber sido en realidad el área donde se encuentran concentradas las esculturas zoomorfas conocidas como verracos o toros de piedra, es decir el circunscrito a las provincias de Ávila, Salamanca, parte de la de Zamora, Norte de Cáceres y parte de la de Toledo. En ese caso la provincia de Ávila estaría en el centro del territorio, del que procede el mayor número de hallazgos de este tipo. La región de Vettonia o de los pueblos vettones es reconocida como tal por los citados cronistas, compartiendo este espacio geográfico toda una serie de rasgos culturales: organización social y económica, elementos materiales, lengua e ideas y ciencias religiosas.

En las crónicas de los conflictos bélicos ligados a la presencia romana en Hispania se describe a los vettones asociados frecuentemente con los vecinos lusitanos, pero también con otros pueblos limítrofes de la cuenca del Duero, como vacceos y celtíberos, siempre en coalición contra los romanos. La asociación con los lusitanos parece que era más frecuente. En numerosas ocasiones, acuciados por la necesidad y las desigualdades sociales, grupos de vettones y de lusitanos saquearon ciudades ricas del Guadalquivir bajo el dominio romano. Estos hechos motivaron campañas de castigo e incluso pretextos para guerras organizadas, como las Guerras Celtibéricas que se desarrollaron entre los años 155 y 133 a. C., finalizando con el sometimiento de los pueblos del interior, entre ellos el vettón.

El historiador romano Plinio, en el siglo I, citó la existencia de una planta denominada hierba vettónica cuyos poderes curativos eran muy conocidos. Evidentemente con tal denominación debe entenderse que era propia del territorio vettón. Se sabe de su uso al menos hasta el siglo V. Era utilizada como remedio para las mordeduras de serpientes, de mono, y de hombre. Contra los dolores de pecho y costado, como bebida digestiva, para cortar el lagrimeo, contra las hemorragias nasales…

El Hierro II es una etapa de crecimiento demográfico que conllevará la ocupación de nuevos suelos para su explotación agropecuaria, con un aprovechamiento agrario diversificado y una ganadería especializada de tipo extensivo, seguramente asociado a las mejoras tecnológicas, a la diversificación económica (comercio, oficios artesanales, …), ….

En este contexto, aunque al final de la etapa según las últimas teorías, se desarrolla el castro de Ulaca, incluido dentro de un espacio geográfico –Valle de Amblés y Sierra de Ávila– en el que el fenómeno castreño tiene una gran pujanza, como lo muestran los castros que en esta área se ubican: La Mesa de Miranda (Chamartín de la Sierra), Las Cogotas (Cardeñosa) y Ojos Albos.

Los castros.

La topografía de los castros pone de manifiesto 4 tipos de emplazamiento: en espigón fluvial, en cerro o acrópolis, en ladera y en meandro de río. Son lugares elevados, estratégicos –con amplio dominio visual y controlando vías de comunicación– y con condiciones defensivas naturales. Esto es, son lugares con importantes defensas naturales, reforzadas con defensas artificiales.

El desarrollo de los grandes castros (oppida) coincide con la entrada de la Meseta en el registro histórico, en un contexto de inestabilidad generado por la presencia de los ejércitos púnicos y romanos. La implicación que ello conlleva es el amurallamiento y que una parte de la población dispersa se trasladaría al interior de los asentamientos fortificados. Estos centros están controlando rutas de comunicación importantes y amplios espacios factibles de ser explotados económicamente.

En su interior no existe un urbanismo propiamente dicho, pero sí es factible abordar su lectura desde una lógica espacial, pudiéndose llegar a una clara diferenciación de áreas en virtud a criterios topográficos, funcionales y jerárquicos. La correlación de los distintos sectores resulta impensable sin una infraestructura material y humana cualificada, en la que tendrían cabida aristócratas y artesanos. Este modelo de ocupación marca una gran diferencia con momentos anteriores y sugiere que algunos castros cumplían importantes funciones de servicio para las comunidades de los alrededores, además de facilitar refugio y almacenamiento.

Estructuras defensivas.

La existencia de grandes afloramientos graníticos en numerosos casos posibilita su integración dentro de las murallas, lo cual supone grandes ahorros de esfuerzo constructivo. La técnica constructiva consiste en dos paramentos, interior y exterior, de mampostería en seco muy bien ajustado, con el interior relleno de piedras, losetas y cantos dispuestos ordenadamente en capas horizontales y trabadas unas a otras. Un tercer paramento intermedio (no siempre se ejecuta) evitaba el desmoronamiento de la muralla si a consecuencia de un ataque desaparecía el primer paramento.

Se construye sin cimentación, directamente sobre la roca madre, alcanzando una anchura de entre 2 y 8 m., lo cual depende de las necesidades defensivas y de la vulnerabilidad del frente que se quiera defender. Los paramentos aparecen ligeramente inclinados hacia el interior, fortaleciendo aún más la estructura defensiva. Su altura podría alcanzar los 6 ó más m., siendo muy posible que apareciesen rematadas, sobre todo en las entradas, con empalizadas o postes de madera.

El trazado ondulado de las murallas está bien adaptado a la morfología del terreno y a veces se acompaña de importantes bastiones y macizos salientes curvilíneos, sobre todo en las inmediaciones de las entradas o en la misma puerta (castro de Las Cogotas); se ha comprobado, con las últimas intervenciones de restauración, que parte de estos engrosamientos son añadidos con posterioridad. Estos sistemas constructivos aprovechan al máximo los tiros cruzados, al tiempo que actúan como refuerzo arquitectónico y dan estabilidad a toda la fortificación. A finales de la Edad del Hierro algunos castros (Ulaca, La Mesa de Miranda) añaden nuevas fórmulas constructivas, con torres de planta cuadrada y una cierta regularización en la talla de sillarejos.

Las puertas ofrecen dos esquemas bien reconocibles:

  1. En embudo, que se formaliza mediante la apertura que ofrecen los dos lienzos de la muralla al incurvarse hacia el interior formando un callejón en forma de embudo más o menos pronunciado.
  2. En esviaje o entradas en las que los dos lienzos de la muralla se sobreponen, de tal manera que los dos lienzos adoptan en la entrada una posición paralela dejando un espacio libre entre ambos para pasar.

Cada castro suele constar de 2 ó más recintos amurallados, uno principal que rodea la acrópolis y otro u otros que se levantan por las zonas más accesibles. Estos segundos quisieron interpretarse exclusivamente como encerraderos de ganado, sin embargo, las evidencias arqueológicas, han demostrado que cuando menos también fueron áreas artesanales (Las Cogotas), si bien podían ser utilizados como recintos ganaderos cuando las necesidades lo requerían.

En ocasiones la muralla está precedida por uno o varios fosos de anchura variable (El Raso, La Mesa de Miranda). Todo este imponente sistema defensivo se ve potenciado por extensos campos de piedras hincadas (Las Cogotas, La Mesa de Miranda) o series de piedras hincadas en el suelo más o menos extensas, emplazadas en las áreas más vulnerables, que sobresalían del suelo menos de 1 m. Muy próximas unas a otras, impedirían el ataque de la caballería y ataque a pie en tromba, encauzando el ataque hacia los accesos del castro, donde, dados los limitados recursos humanos, se concentraría la defensa.

Estructuras domésticas.

Las viviendas son de planta rectangular. Se conocen viviendas en Las Cogotas, El Raso, Los Castillejos, La Mesa de Miranda y Ulaca. Básicamente están construidas con zócalos de mampostería de granito, de 60-80 cm. de grosor, sobre el que se dispondría un recrecido de tapial de barro (pudiera ocurrir que este recrecido de barro no existiera, no estando del todo constatado en algunos emplazamientos). La cubierta estaría configurada por un entramado vegetal a base de rollos de madera y ramajes. Esta cubierta también podría tener un revoco de barro.

Las hay de tipo sencillo y único departamento, con disposición nuclear alrededor de una estancia que haría las veces de hogar, o espaciadas en varias habitaciones, generalmente entre dos y cuatro. Se disponen, bien adosadas con muros medianiles comunes, lo que implica una construcción conjunta y organizada, bien aisladas buscando la adaptación entre los canchales de granito, los cuales, en ocasiones, quedan integrados en la estructura, practicándoles rebajes. En Las Cogotas y La Mesa de Miranda hay grupos de casas adosadas al paramento interior de la muralla. Más complejas, en cuanto a su distribución, son las estructuras domésticas de El Raso y Ulaca, ambos de finales del S.III-I a.C, concebidas bajo la influencia romana, ya dentro del proceso conocido como oppidización.

En el equipamiento doméstico destacan algunos elementos como los molinos, que aparecen, sistemáticamente, de uno a dos juegos por vivienda; las pesas de telar, reunidas, a veces, en un espacio reducido que denotan la actividad textil; y, en algunas ocasiones, moldes de fundición y desechos de forja, que ponen de manifiesto la actividad metalúrgica a pequeña escala. Pero sobre todo son las cerámicas la representación más habitual.

La superficie que ocupan oscila entre los 50 y 150 m2, si bien en Ulaca llegan a alcanzar los 250 m2. El modelo más frecuente es la planta de 50-80 m2, relacionada con familias nucleares. Las más grandes pueden entenderse como argumento a favor de la existencia de viviendas contiguas que comparten los muros, pero también pudiera responder a una funcionalidad distinta, ya sea como cercado de ganados, talleres o construcciones de finalidad política o sacra.

En un momento avanzado se produjeron modificaciones en la arquitectura doméstica, algunas como consecuencia de la influencia romana. Los ejemplos más patentes se encuentran en Ulaca y El Raso, donde se observa:

  1. Grandes complejos de varias habitaciones cuadradas o rectangulares con muros medianeros.
  2. Aparejos ciclópeos con muros de doble paramento que pueden llegar a 1 m de anchura, relleno el interior con material menudo.
  3. Unas dimensiones excepcionalmente grandes en algunas estructuras, alcanzando los 400 e incluso 700 m2.
  4. Distribución más ordenada de las viviendas, en torno a calles principales además de otras secundarias.

La mayoría de las viviendas se compartimentan en 3 ó 4 estancias. La primera y más importante ocupa aproximadamente el 50 % del espacio, accediéndose a ella desde la puerta exterior. A continuación se suceden las otras habitaciones, que pueden aparecen contiguas a la primera o dispuestas ordenadamente en torno a un eje longitudinal.

Áreas cultuales.

Existen claros indicios de ceremonias y lugares de culto al aire libre, distinguiéndose también en el interior de algunos poblados. Suelen emplazarse en un sector privilegiado del asentamiento, vinculados a la acrópolis o a una calle principal. El santuario más conocido del área vettona, asociado a un poblado prerromano, es el de Ulaca.

Basureros y cenizales.

Son áreas más o menos extensas formadas por acumulaciones de tierras repletas de desechos de fauna, fragmentos cerámicos, cenizas, escorias, …, que se disponen en puntos adyacentes a los poblados o en sus inmediaciones. Quedan bien documentados en Las Cogotas y Ulaca. Por lo estudiado en otros yacimientos de cronología similar, se trata de potentes deposiciones realizadas de una manera relativamente rápida en el tiempo, en los SS. III-II a.C.

Álvarez-Sanchís da dos posibles explicaciones (Álvarez-Sanchís, 1999):

  1. Depósitos formados por el vertido de materiales procedentes de obras de derribo y desescombro, además de basuras originadas con el devenir de la vida cotidiana.
  2. Desechos producidos por el establecimiento temporal de ferias o mercados, al estilo de las ferias medievales, que concentraría en los alrededores ahombres y mujeres con ganados y otros productos.

Áreas de actividad industrial.

Instrumental de agricultores, ganaderos, carpinteros, leñadores, alfareros, canteros, peleteros, tejedores, etc., se ha hallado en todos los castros vettones, lo que deja fuera de toda duda una mayor eficacia en la producción artesanal que en épocas anteriores, pudiéndose intuir que estas actividades se llevan a cabo en puntos específicos de los poblados, hecho bien documentado en el castro de Las Cogotas (Cardeñosa). Las ruedas de molino y pesas de telar que aparecen en el interior de las viviendas delatarían una actividad artesanal doméstica complementaria.

En este sentido son de gran interés la actividad de cantería documentada en Ulaca documentándose grandes canteras distribuidas por el castro.

El ejemplo más interesante de actividad artesanal son el alfar y secadero de ladrillos documentado en el IIº recinto del castro de Las Cogotas. Por sus dimensiones y complejidad rebasa el ámbito de la producción doméstica, tratándose de una actividad industrial a tiempo completo. Esta actividad requirió especialistas, una producción estandarizada y una distribución de los productos fuera del poblado. La existencia de este complejo ayuda a entender el camino enlosado que atraviesa el recinto, que permitiría la circulación de carros para la distribución de los productos cerámicos.

Las necrópolis

En esta etapa se implanta el ritual de incineración asociado a grandes necrópolis, en las que se puede estudiar la fuerte jerarquización social de estas gentes.

Para el estudio de la sociedad es fundamental el analizar sus grandes necrópolis; la necrópolis de Las Cogotas y de la Mesa de Miranda (Chamartín) han sido bien estudiadas (La Osera y Las Cogotas), y en menor mediada la de El Raso, de cuyo análisis se puede decir que su estructura social estaría tremendamente jerarquizada.

De las necrópolis interesa destacar los siguientes aspectos:

  • Son grandes necrópolis que se emplazan frente a las puertas de los poblados.
  • El ritual funerario es la incineración, depositándose las cenizas en un hoyo con o sin urna cineraria. Al lado, si lleva, se coloca el ajuar, constituido por elementos de uso cotidiano o de prestigio (joyas y/o armas). Están enterrados a muy poca profundidad y suelen ofrecer al exterior algún tipo de señalización.
  • Los enterramientos se distribuyen en áreas separadas o independientes, los cuales no parecen responder a diferencias sociales, sino a la organización suprafamiliar, por ejemplo gentilidades.
  • Existen grandes diferencias en los ajuares, evidente indicativo de una sociedad fuertemente estratificada, con una estructura piramidal y marcadas diferencias (Martín Vals, 1985).

Escultura zoomorfa (“Los verracos”)

Característicos de estas gentes son las esculturas zoomorfas (se conocen más de 400, casi la mitad de ellas en la provincia de Ávila y dos en el municipio de Solosancho), facturadas en granito, que representan toros, cerdos y jabalíes. J. Cabré, en la memoria de las excavaciones del castro de Las Cogotas, quiso demostrar la correspondencia de una parte de la estatuaria en piedra con los recintos fortificados y la base ganadera de los vettones, y ello en base a que estas esculturas fueron halladas junto a la entrada principal del segundo recinto fortificado, interpretado en algún momento como encerradero de ganados, lo que sugería una finalidad relacionada con la protección, favorecedora de “una magia de pastos y, tal vez, de reproducción” (Cabré, 1930: 40). A estas esculturas –bien representadas en el Valle Amblés y Sierra de Ávila (Álvarez-Sanchís, J.R., 1990)-, como se ha expresado, se les quiso dar un valor mágico de protección de los animales. En la actualidad el significado más aceptado de estas esculturas (una parte considerable de las cuales carentes de contexto arqueológico, más de los 70% ubicadas a una distancia de 2-4 Km. de los castros y el 90% emplazadas en suelos factibles de aprovechamiento ganadero) es el que sirviesen de hitos en el paisaje para señalar recursos específicos: los pastos de invierno. Así estarían delimitando áreas de propiedad o de usufructo, lo cual se corresponde muy bien con una sociedad fuertemente jerarquizada, en la que la “aristocracia” posiblemente basase su riqueza en la posesión de cabezas de ganado (Álvarez-Sanchís, J.R., 1999: 281-294).

Su cronología habría que darla a partir del 400 a.C. hasta la desaparición de estos poblados, sin bien, una vez romanizada la zona, se continuarán facturando, pero eran de menor tamaño y sí tendrán una intencionalidad funeraria.

Están talladas en bloques de granito donde se representa al animal de cuerpo entero, así como el pedestal que lo sustenta. Acusan un relativo esquematismo en las formas, limitándose el autor, salvo contadas excepciones, a expresar unas líneas básicas que permitan identificar la especie. La postura es siempre similar, de pie y con las extremidades paralelas, aunque pueden marcar o no un cierto movimiento. Sus dimensiones son variables, desde ejemplares de menos de 1 m hasta esculturas de más de 2,50 m de longitud. Suelen representarse los órganos sexuales muy marcados, tratándose siempre de machos.

En el municipio de Solosancho se conservan dos de estas esculturas

– Villaviciosa (Solosancho)

Toro

– Solosancho

Toro

Sociedad.

Para el estudio de la sociedad es fundamental el analizar sus grandes necrópolis. Interesa destacar de las necrópolis dos aspectos:

a. La existencia de áreas separadas o independientes dentro de las necrópolis.
b. La existencia de una fuerte jerarquización social a partir de las disimetrías de los ajuares funerarios.

Las gentes de Cogotas II configuran una sociedad muy estratificada, dividida en dos grandes grupos:

  1. Individuos de condición libre.
  2. Esclavos. Sobre su condición se sabe muy poco: si eran gentes del mismo grupo, restos de una población anterior sometida o consecuencia de poblaciones vencidas en enfrentamientos bélicos.

En la cúspide estaría una aristocracia dedicada al gobierno y a la guerra, detentando una parte esencial de su riqueza en la posesión de cabezas de ganado. Esta minoría, que posee armas ricamente decoradas y caballos, se diferencia del conjunto más numeroso de guerreros, cuya panoplia es muy reducida. Con el grupo dirigente se relaciona un grupo femenino, evidenciado en los enterramientos por joyas.

En otro escalón estarían los artesanos: alfareros, metalúrgicos, canteros, peleteros, tejedores, comerciantes … Por último, más del 80% de la población, estaría una clase humilde (en las tumbas aparecen sin ajuar) dedicada al cuidado del ganado, tareas agrícolas y construcción y mantenimiento de las defensas. Es muy posible que una parte importante de este grupo fueran esclavos, a los que Estrabón hace referencia, de los que no se sabe si serían gentes del mismo grupo, restos de una población anterior sometida o producto de las guerras (Martín Vals, 1985).

La estratigrafía horizontal de las necrópolis posibilita reconocer unidades familiares sobre la base de 4 argumentos:

  • Agrupamientos específicos de tumbas separadas por áreas estériles.
  • La existencia de tumbas socialmente preeminentes en cada área.
  • La homogeneidad del ritual funerario.
  • La diversidad de ajuares.

Estos datos parecen ir encaminados a informarnos sobre una sociedad basada en los clanes de parentesco. Las unidades familiares debían de estar constituidas por un número escaso de individuos.

(Álvarez-Sanchís, J. R. (1999): Los Vettones y Álvarez-Sanchís, J. R. (2006): Guía arqueológica de los castros y verracos de la provincia de Ávila).

Acceso

El acceso al oppidum de Ulaca se realiza desde la localidad de Villaviciosa, por el camino de Los Potrillos de la Sierra que, al mediodía del caserío, encamina hacia la sierra. Tras 0,5 Km. se alcanza el “área de parking” y punto informativo sobre Ulaca. A partir de este lugar, un sendero, jalonado por mojones de granito, dará acceso al castro. No hay posibilidad de acceso con vehículos.

El ascenso hasta la acrópolis (donde se encuentra el monumento más emblemático: “altar de los sacrificios”) supone un recorrido de 1,2 Km., salvando una altitud de 250 m con una pendiente media del 30%, lo cual suponen entre 30´ y 40´ de ascenso, quedando imposibilitado para personas con minusvalías y para familias con niños bebés.

Historia de la investigación

A pesar de que el enclave arqueológico es conocido desde antiguo y de que su repercusión en el ámbito científico es de primer orden, la ausencia de intervenciones arqueológicas en extensión (como sí ha ocurrido en los otros grandes castros de la provincia) conlleva que sean escasos y parciales los datos que del yacimiento se tienen.

La vistosidad de sus monumentos hizo que en 1896, Ballesteros (Ballesteros, E., 1898) hablase de él como de “…pueblo de muchísima importancia a juzgar por todos los indicios, con una muralla que supera en tamaño a la de Ávila”; habla también de sus casas cuadrangulares y de la abundancia de cerámica del mismo tipo que la que se halla en Las Cogotas.

En 1901, Gómez Moreno también da algunos datos y descripciones del lugar. Su primera alusión es el tamaño del castro: “En comparación de este poblado, el de Las Cogotas resulta cosa baladí, y ni siquiera entre los de Salamanca hay uno que le exceda en grandeza y fragosidad del sitio … Su magnitud será un kilómetro de oriente a poniente, y la mitad de ancho, con larga y fatigosa subida por ambos extremos, pues lo demás queda inaccesible con tajados riscos, y su cabeza son lanchares gigantescos de granito nunca abatidos por el trabajo humano. Al sitio le dicen simplemente El Castillo, o bien “la ciudad de Ulaca” con tradiciones de su antigua vitalidad y de que la asolaron legiones romanas, según el padre Ariz consigna. Ulaca tiene apariencias de voz antigua: Ulattius es nombre celta de persona, según Húbner; Ulocum, es el patronímico de cierto Britto Datico en inscripción de tierra de Madrid (C. I. II, 3611), y también ofrece analogía con el de los Olcades, víctimas de Aníbal, pero no me atrevo a fundamentar hipótesis alguna sobre ello; sólo sí parece que la ciudad fue arruinada violentamente, y quizá antes de hacerse romana, como Las Cogotas …” (Gómez Moreno, M., 1983).

A continuación describe los muros y edificios que ve, así como la cerámica. Respecto a la cerámica dice: “En Ulaca no se han hecho excavaciones todavía, ha aparecido, sin embargo, alguna hacha de piedra, y abunda cascajo, análogo al de Las Cogotas; pero si bien algo se halla fino y con listas rojizas, su casi totalidad la constituyen cascos de vasijas, a mano y a torno, de pastas muy groseras, llenas de granos de cuarzo, feldespato y mica, y con algunas fajas de relieves guarnecidas de incisiones al través; además hallé un pedazo de arenisca roja pizarrosa que sirvió de afiladera, y fragmentitos de bronce.”

En 1910, Llorente y Poggi habla del castro, citándolo como “yacimiento ibérico importante”.

Estas descripciones llegan a Lantier y Breuil que visitan el castro entre 1914 y 1915. En un artículo publicado en la Revue Archéologique, XXXII en París en 1930, titulado “Villages pre-romaines en la Peninsule Iberique”, cita el yacimiento, al que denomina villa; el nombre de Ulaca no aparece en todo el documento. Aparecerá por primera vez dibujado el contorno de la muralla, realizado con una gran exactitud (Lantier, R. y Breuil, H., 1930).

En los años 30 Cabré también hace referencias al castro, pero no aporta nada nuevo.

En los años 50 se llevan a cabo las primeras excavaciones a cargo de Arsenio Gutiérrez Palacios y Carlos Possac Mon, bajo los auspicios de la Diputación Provincial. Los extractos de las memorias de excavación se publicaron en el Diario de Ávila de los días 28, 29 y 30 de julio y 3 de agosto de 1953, así como en un breve artículo (Gutiérrez Palacios, A., 1955). Estos artículos aportan una cronología del S.VI a.C. para su origen, y del S.II a.C. para su destrucción en base a las cerámicas de la necrópolis, que él dice es una pervivencia de los Campos de Urnas. Basándose en Cabré y en Las Cogotas, da el 220 a.C. como fecha para el final del castro, relacionándolo con una incursión de Aníbal que incendiaría la ciudad También apunta la ausencia de vestigios romanos dentro de las murallas y de una relación de su cerámica con la numantina. Habla de los vettones como habitantes del Valle Amblés, y de las esculturas zoomorfas (“verracos”) como divinidades protectoras de los rebaños de ganado.

Los datos de Arsenio Gutiérrez Palacios hablan de una excavación en un área de 20 m y del hallazgo de lo que denomina bustuario, el cual parece responder a la necrópolis. De todo esto afirma existir un informe, pero lo único que se ha podido localizar son unas fotos de urnas que en un estudio de Don Lorenzo Sánchez Garrosa, vecino de Solosancho, aparecen recopiladas. Este estudio está depositado en el Ayuntamiento de Solosancho, pudiendo corresponder al mencionado informe de Arsenio Gutiérrez Palacios. Se desconoce el lugar preciso en que aparecieron dichas urnas.

Para la mayoría de los autores, éste es un gran pueblo guerrero y, con gran fantasía, se habla de multitud de armas: falcatas, puñales, espadas, …, que no han podido ser rastreadas. Del material citado por Arsenio Gutiérrez sólo se han encontrado las fotocopias de las fotografías de las urnas, nada hay de un puñal biglobular, ni de fíbulas, ni de falcatas, ni de cerámicas campanienses, ni de las estampillas con soles y cruz gamada. A él se deben, según cita, la reconstrucción de la puerta II y un muro del “templo tallado en la roca viva”. Ve en Ulaca la “Caput Vettoniae” y la Arbucale, ciudad citada por los romanos. Afirma que en Ulaca no hay ningún resto romano.

En 1952, Carlos Possac Mon hace un estudio de la cerámica de superficie que aparece en unas escombreras en la zona del castro que da a Sotalvo (Possac Mon, C., 1953). En este análisis comenta una moneda de plata con una inscripción, según él, ibérica, y que tiene en una cara una cabeza varonil y en la otra un jinete.

Durante 1975, 1976 y 1977, el Director del Museo Provincial de Ávila, Enrique Pérez Herrero, lleva a cabo unas cortas campañas de excavación, de las cuales proceden los materiales arqueológicos que se encuentran depositados en el Museo Provincial y unos escuetos informes. Producto de esta excavación son las dos casas exhumadas en la zona central del asentamiento, las cuales fueron restauradas y consolidadas en la primera campaña de puesta en valor del año 2004.

Rodríguez Almeida (Rodríguez Almeida, E., 1981) y Belmonte Díaz (Belmonte Díaz, J., 1987) también se refieren a Ulaca sin aportar nada nuevo.

Martín Valls, en La Prehistoria del Valle del Duero (Martín Valls, R. et alli, 1985), se refiere al santuario, y asevera que el castro está sin romanizar.

En 1992 y 1993, la Junta de Castilla y León subvencionó, a Rosa Ruiz Entrecanales, un estudio de los materiales hallados durante las excavaciones de Pérez herrero, estudio que se reduce a un simple inventario descriptivo de materiales que no aportan ningún dato nuevo.

En 1993 Martín Almagro y Jesús Álvarez-Sanchís, en su artículo “La “sauna” de Ulaca: saunas y baños iniciáticos en el mundo céltico” (Almagro-Gorbea, M. y Álvarez-Sanchís, J.R.,1993), hacen un estudio del conocido desde antiguo como “horno”, llegando a la conclusión de que es una construcción que está respondiendo a los patrones de las saunas proto-célticas, relacionadas con ritos iniciáticos, en estrecha relación con cofradías de guerreros.

A principios del S.XXI (2004 y 2005), Álvarez-Sanchís dirige dos campañas de excavación en la base septentrional del castro. El resultado fue la localización de una necrópolis de incineración, cuyos resultados aún están por valorar convenientemente.

Desde el año 2004 se desarrollarán 4 sucesivas campañas de restauración y consolidación en las estructuras domésticas excavadas en los años 70 y en los accesos de los recintos amurallados que protegen el castro por el ala occidental, proceso este que conllevó la excavación de los derrumbes con la consiguiente exhumación de la fábrica de las defensas.

Ulaca.

El oppidum de Ulaca fue fundado a finales de la Edad del Hierro (SS.III-I a.C). Tal vez coincidiendo con el conocimiento de la invasión romana, las poblaciones de Las Cogotas y de La Mesa de Miranda se reagruparon en el cerro de El Castillo (Ulaca), emplazamiento que por su orografía podía hacer frente a las legiones y a su avanzada maquinaría de guerra; el emplazamiento y defensas de los dos primeros castros, no podrían resistir un asedio del ejército romano.

Ulaca, 70 has de extensión aproximadamente, se convertirá en el poblado fortificado de mayor tamaño de la Iberia céltica y aún de la céltica europea.

El nombre antiguo de Ulaca, si es que alguna vez apareció reflejado en las fuentes clásicas, todavía no es posible identificar. Tal vez, dada su magnitud, se corresponda con alguna de las ciudades de la lista de Ptolomeo. Una posibilidad sería Okelon, que en la actualidad se la ubica en la zona de Béjar (Roldán Hervás, J.M., 1968-69), aunque también se ha sugerido para este núcleo el hábitat del Cerro del Berrueco (Fabián, J.F, 1986-87). Otros la han querido relacionar con Deobriga, en el corazón del territorio vettón, lo cual supondría el reconocimiento de su importancia como núcleo fortificado y religioso, siendo objeto de la atención de Ptolomeo (Álvarez-Sanchís, J.R., 1999).

Emplazamiento.

Emplazado en un entorno pintoresco dentro de las estribaciones septentrionales de la sierra del Zapatero y con una panorámica única del Valle Amblés, el castro de Ulaca, en sí mismo, supone un referente turístico de primer orden dentro de la comarca del Valle Amblés y de la provincia de Ávila. Con una extensión en torno a las 70 has, constituye el recinto fortificado pre-romano de mayores dimensiones de la Península Ibérica, albergando algunas estructuras excavadas en la roca granítica exclusivas de este enclave arqueológico: “altar de los sacrificios” y sauna ritual.

Por su configuración topográfica, Ulaca se encuadra dentro del tipo de castro en cerro o acrópolis, asentándose en la cima amesetada de un imponente cerro granítico -denominado “Castillo”-, salpicado de importantes afloramientos graníticos, cuya cota máxima es de 1501 m.s.n.m.e.a. Su privilegiada ubicación permite el dominio visual de todo el Valle Amblés. Esto unido a las escarpadas, pendientes y graníticas laderas por las que se accede hasta la cima, hacen del cerro un lugar envidiable en cuanto a sus condiciones defensivas naturales y de control del territorio, hecho que se ve reforzado por el río Picuezo, que bordea el cerro por el SE y E. Las difíciles condiciones orográficas dejan un único flaco con una relativa vulnerabilidad: una larga vaguada que se abre por el frente NO del castro. El cerro tiene forma tronco-cónica alargada, con el lado mayor en dirección aproximada E-O. La cumbre está amesetada con marcado declive ascendente hacia el Oeste.

Se caracteriza el cerro por su paisaje de berrocal y la vegetación de monte bajo, desprovisto completamente de vegetación arbórea. También se dan algunos pastizales allí donde emanan manantiales y fuentes que están salpicado todo el castro.

Descripción

Estructuras defensivas.

La defensa natural de Ulaca se complementó con obras artificiales de fortificación, consistentes en un cinturón de muralla, de perímetro aproximadamente oval, que bordea toda la meseta y que se va adaptando a la difícil morfología del terreno, integrando en su trazado aquellos afloramientos graníticos que, por su envergadura, hacen las funciones de parapeto inaccesible, ahorrando esfuerzos constructivos. Tiene un recorrido de algo más de 3 km. La traza de la muralla se acompaña de bastiones y macizos salientes curvilíneos –engrosamientos y elementos anexos-, sobre todo en las inmediaciones de las puertas principales de acceso o en la misma entrada. Este sistema defensivo aprovechó al máximo los tiros cruzados, al tiempo que actuó como refuerzo arquitectónico, dando estabilidad a toda la fortificación

En el ala más vulnerable, el más fácil de acceder desde el valle por una vaguada, el noroccidental, la defensa se reforzó mediante la construcción de un pequeño segundo recinto (que pudo hacer las veces de encerradero de ganados), y con un tercer lienzo de cerca que, a manera de barbacana, impedía el acceso desde la vaguada.

En la ladera Norte, en pequeñas vaguadas, se fueron colocando pequeños puestos de guardia y barbacanas que estarían protegiendo los accesos abiertos en el lienzo Norte de la cerca.

Se conocen 5 puertas, si bien Breuil habla de alguna más: 2 en el frente Norte y 3 en la zona noroccidental (una en cada lienzo de muralla). Todas ellas, excepto la que da acceso a la acrópolis por la zona noroccidental, responden al tipo de puerta en esviaje, esto es, los tramos de muralla se sobreponen, de tal forma que los dos lienzos adoptan en la entrada una posición paralela dejando un espacio libre entre ambos para pasar. Destaca la puerta principal abierta en el extremo oriental del lienzo septentrional, donde aparece un bastión o torreón defensivo cuadrangular adosado a la muralla. El acceso al primer recinto por el frente NO se realiza a partir de una potente puerta en embudo flanqueada por bastiones.

Hasta la puerta principal se accede por un camino que conserva en algunos puntos restos del empedrado, habiéndose practicado rebajes en los lanchares graníticos que impedían el fácil tránsito de carretas.

La técnica constructiva de la muralla consiste en dos paramentos, externo e interno, de gran aparejo de mampostería concertada de granito en seco muy bien ajustada, con un relleno de piedras dispuestas ordenadamente en capas horizontales y trabadas unas a otras. Este esquema básico se enriquece mediante un paramento intermedio que evita el desmoronamiento total de la muralla si a consecuencia de un ataque desaparece el primer paramento. Se construye sin cimentación alguna, directamente sobre el suelo granítico, si bien se practicaron pequeños rebajes para un mejor asentamiento, práctica que también se utilizó en los lanchares que fueron integrados en el trazado de la muralla. Su grosor oscila entre los 2-6 m, presentando los mayores grosores en las partes más vulnerables de ser atacadas. La altura original sería de 4-6 m, siendo probable que estuviese rematada con una empalizada de madera. Este sistema de empalizada se levantaría fundamentalmente en las zonas de entrada.

La inaccesibilidad del cerro hizo innecesario el excavar fosos defensivos y/o levantar campos de piedras hincadas.

Un último aspecto interesante de la fortificación de Ulaca es el inconcluso lienzo meridional, frente, por otra parte, prácticamente inaccesible por sus condiciones naturales. Este lienzo de muralla se encontraba en construcción cuando la ciudad se abandona, lo cual estaría en consonancia con la datación tardía que algunos autores dan a la fortificación de Ulaca. En este sentido hay que apuntar los siguientes datos acerca de este tramo de muralla:

  1. Práctica ausencia de derrumbes.
  2. Para la construcción de este lienzo se estaban utilizando bloques ciclópeos de granito, dando la sensación, en algún tramo, de que habían sido desplazados desde la cantera hasta el lugar que iban a ocupar, pero sin embargo aún no habían sido colocadas definitivamente.
  3. Carencia de relleno de piedras entre paramentos.
  4. Únicamente conserva una hilada de mampuestos ciclópeos colocados de canto.

En todo caso, este lienzo supone una lección acerca de la manera de construir de estas gentes.

De este hecho también se puede deducir que toda la cerca no se levantó en un mismo momento, sino que se fortificará en primer lugar las zonas más fácilmente accesibles, dejándose para el final tramos que, por las propias condiciones naturales, no presentaban graves problemas para ser defendidos con facilidad. Esta es la razón por la que la cerca es menos robusta en este extremo del castro (2 m) y el que la puerta que parece intuirse no sea más que una interrupción de la cerca.

En cuanto a la cronología, existe entre los autores cierta unanimidad en vincular el fenómeno de amurallamiento de los castros a un proceso de cambios generales que se dan entre el 500 y el 400 a.C. Sin embargo no existen datos fehacientes que prueben el que las murallas vettonas se hayan levantado todas a comienzos de la 2ª Edad del Hierro y en un breve periodo de tiempo; Álvarez-Sanchís (Álvarez-Sanchís, J.R., 1999) piensa que no puede hablarse de una etapa breve y homogénea en la arquitectura defensiva de los poblados vettones, viendo una correspondencia esencial entre las grandes obras de fortificación y la plenitud material de estas sociedades. Las defensas de los poblados parecen bien datadas a partir sobre todo de comienzos del S.IV a.C, pero el propio desarrollo de estas comunidades vettonas hará surgir en fechas más recientes nuevos asentamientos amurallados y nuevas reedificaciones. En este sentido este autor defiende el que las defensas de Ulaca se levantan en época tardía, S.III-II a.C, y ello en base a una serie de datos: ciertas similitudes con el tercer recinto de la Mesa de Miranda (perfectamente datado en estos momentos), puertas en esviaje (más complicadas que las puertas en embudo, pudiendo connotar mayor modernidad), torreón cuadrangular adosado a la muralla en la puerta más oriental del lienzo Norte, paralelismos con el recinto de El Raso de Candeleda (datado en el S.III a.C), abundancia de la cerámica a torno y celtibérica, … Estas cronologías están en consonancia con las fechas tardías que se apuntan para la fundación de Ulaca.

Organización interna del castro. (Álvarez-Sanchís, J.R., 1999).

La organización intramuros de Ulaca estuvo condicionada por el desnivel del terreno y los afloramientos de granito, lo cual descarta apreciables superficies que fue preciso incluir dentro del recinto murado para que la cerca se adaptase a las curvas de nivel.

En su interior se vislumbra la organización de algunas plantas y calles, con las estructuras domésticas dispuestas regularmente a ambos lados. En otras ocasiones estas vías se adaptan a los afloramientos de granito. La anchura de las vías es la suficiente para que puedan transitar carros, cuyas huellas son perceptibles en varios puntos del trazado. Las dos vaguadas que cruzan de Este a Oeste el oppidum articulan la distribución de las viviendas y otras estructuras monumentales, su orientación y su intervisibilidad. Se han reconocido 250/300 estructuras en el sector intramuros, repartidas en distintos puntos de la ciudad: complejos de habitaciones cuadrangulares en el área Norte, construcciones de aparejo ciclópeo alternando con espacios vacíos en la vaguada Sur, modestas viviendas distribuidas por todo el asentamiento, focos marginales, etc. Esta concepción del espacio doméstico podría estar respondiendo a la jerarquización social de esta sociedad, pero esta variedad de plantas y tamaños también puede estar sugiriendo las distintas funcionalidades, no estrictamente de habitación.

Extramuros, al NE, se extiende otro núcleo constituido por unas 20 estructuras de habitación.

“Parece por tanto evidente que la existencia de barrios y sectores sociales de distinta significación descansa en criterios topográficos y tipológicos, al margen, claro está, de que tales argumentos no sean sino trasunto de una compleja ordenación jerárquica e ideológica de los poblados”

Estructuras de habitación. Las viviendas.

Son estructuras de planta rectangular que en Ulaca, ante los escasos restos de tapial y barro que se aprecian en las inmediaciones de las casas y el elevado volumen de los derrumbes de mampuestos de granito, estarían facturadas en mampostería de granito hasta conectar con la cubierta, que consistiría en un entramado de maderos sobre los que se colocaría piornos y ramajes. Entre el entramado y el ramaje tal vez se aportase una capa de barro. Los muros son de mampostería concertada de granito, con un tamaño variable, a doble espejo y con el interior relleno de cascajo, alcanzando un grosor de 60-80 cm.

Las hay de tipo sencillo, con disposición nuclear alrededor de una estancia que haría las veces de cocina-hogar, o espaciadas en varias estancias, generalmente entre dos y cuatro. Se disponen, bien adosadas con muros medianiles comunes, lo que implica una construcción conjunta y organizada, bien aisladas buscando la adaptación entre los canchales de granito, los cuales han sido integrados, en numerosas ocasiones, en la propia construcción. Para ello se han practicado rebajes en la roca, de tal manera que hicieron las veces de muro o suelo, con lo que la construcción toma un aspecto rupestre. En Ulaca son excepcionales las estructuras adosadas a la muralla –tres casos–, apareciendo muy próximas a los accesos, por lo que podrían estar relacionadas con el sistema defensivo.

Las puertas, definidas mediante jambas de granito, aparecen orientadas hacia las vías que surcan el asentamiento. La superficie que ocupan oscila entre los 50-250 m2, siendo el modelo más frecuente de 50-80 m2, dimensiones que se pueden relacionar con una familia nuclear. Las más grandes podrían entenderse como viviendas contiguas o viviendas pertenecientes a las clases más pudientes, pero también pudieran responder a distintas estancias, ya sea como cercados de ganado, talleres artesanales, … Estas grandes estructuras guardan estrecha relación con los poblados de grandes dimensiones, teniendo connotaciones cronológicas: sería el tipo de vivienda más moderno dentro de la Edad del Hierro, originadas a partir de las influencias del mundo romano. En Ulaca hay algunas construcciones que alcanzan los 400 e incluso 700 m2.

En base a las estructuras visibles –unas 300, de las que un 20% se pueden atribuir a estructuras con una funcionalidad distinta a la de vivienda– la población de Ulaca podría ser de unos 1000/1500 habitantes, agrupados en familias de 3-5 individuos.

Área cultual.

Ulaca cuenta con un área sacra o nemeton en el sector noroccidental del poblado, relativamente apartada de las concentraciones de casas y con unas amplias panorámicas del Valle Amblés. Formarían parte de ésta las estructuras monumentales labradas en piedra: el santuario o “altar de los sacrificios” y la sauna ritual o “fragua”.

El santuario o “altar de los sacrificios” (Martín Valls, R., 1985) consta de una gran estancia rectangular tallada en la roca granítica (16 X 8 m), en uno de cuyos lados existe una gran peña, en la que dos escaleras conducen a una plataforma, donde se encuentran dos cavidades, de forma más o menos circular, y comunicadas entre sí; la más occidental de ellas vertía en una tercera, que a su vez, mediante un canal, permitía que los líquidos discurrieran hacia la parte baja de la peña.

La finalidad cultual de este monumento se establece gracias a una serie de paralelos y testimonios literarios. El más importante es el santuario portugués de Panoias, donde en varias peñas, como la de Ulaca, figuran inscripciones latinas que informan sobre las ceremonias –sacrificios de sangre- que se realizaban en el monumento. Evidentemente estas inscripciones atestiguan unos hechos que se producían en época romana, pero la similitud de los monumentos en que están grabadas con el de Ulaca, así como las divinidades indígenas que figuran en algunos epígrafes, evidencian una raíz anterior. En este sentido hay que apuntar la inscripción de Cabeço das Fraguas, cerca de Guarda, grabada en una roca sin oquedades, cuyo texto alude a una serie de animales que se ofrecen a las divinidades indígenas. Estrabón también escribe acerca de los sacrificios humanos y de animales que hacían los lusitanos.

La sauna ritual o “fragua”. En línea recta, a 150 m al Sur del altar, se encuentra el monumento conocido como la “fragua”. Es una construcción parcialmente excavada en la roca, de planta rectangular y 6´40 m de longitud, dividida en tres habitaciones a modo de antecámara, cámara y horno. Las paredes aparecen perfectamente perpendiculares unas a otras. La arista mide aproximadamente 1 m. Una de las paredes verticales, la oriental, está abierta al exterior por medio de un arquillo de medio punto, tallado asimismo en el granito. En la parte superior de la cara interna de este arco hay dos pequeños huecos con manchas ferruginosas, producidas probablemente por dos barras de hierro que allí debieron estar empotradas. A esta estructura se la ha venido definiendo como un horno metalúrgico (Gómez Moreno, M., 1983), pero estudios recientes ven en esta construcción semihipogea un uso termal, en relación con los baños iniciáticos, a partir de los paralelos documentados en las saunas o “pedras formosas” de la Cultura Castreña del NO (Almagro-Gorbea y Álvarez-Sanchís, 1993). Su asociación al agua, al vapor y al fuego en lugares hipogeos, así como textos de Estrabón, podrían relacionar esta construcción con cofradías de guerreros, acordes al sustrato ideológico y cultural del mundo céltico. La grandiosidad de este monumento se refuerza con su asociación a un gran recinto murado, de 32 X 24 m., anexo a la sauna. Entre los derrumbes de piedras se observa un tramo de atarjea que refuerza el hecho de que en el edificio se llevasen a cabo acciones relacionadas con el agua.

La Iglesia” o “El Torreón” (Lantier y Breuil, 1930; Posac, 1953; Gómez Moreno, 1982). En la vaguada Sur, en el tercio meridional del poblado intramuros, se levantó un edificio de gran aparejo de granito y planta rectangular (14 X 10 m.) y unos muros que alcanzan 1 m de grosor. Este edificio queda dentro de un recinto murado (70 X 48 m) de doble paramento con gran aparejo. Dentro de este recinto murado se levantaron otros dos edificios con unas dimensiones también considerables.

Podría haber servido de atalaya defensiva dada su posición estratégica, al controlar desde la vaguada Sur de la ciudad una gran extensión del área habitada. También podría ser interpretado como un edificio público (Lantier y Breuil, 1930) o como la residencia de una persona muy relevante dentro de esta sociedad fuertemente estratificada.

En las proximidades se localizan otras construcciones ciclópeas y a escasos metros, siguiendo la pendiente, una gran fuente, dato que puede ser interesante con relación a la organización del espacio y al uso del agua lustral en los ritos de tradición céltica (Almagro-Gorbea y Gran-Aymerich, 1991). Se podría así plantear la posibilidad de que existiera una divinidad de las aguas relacionada con la población del oppidum. Este mismo carácter podría servir para plantear: el edificio monumental en uno de los puntos centrales de la ciudad; la sauna, a unos 300 m. al NE.; y el altar rupestre (Álvarez-Sanchís, 1999). Este último tampoco es excluyente, dada su posición, con la idea del culto solar, ya que uno y otro aparecen íntimamente ligados en la religión céltica.

Esta arquitectura pública monumental de los S.III-I a.C haría referencia a un ámbito sacro-político bien definido topográficamente, relacionado con los fundamentos ideológicos de la ciudad (Álvarez-Sanchís, 1999). También Álvarez-Sanchís apunta la existencia de una cueva o cavidad bajo el oppidum, en las estribaciones de la ladera Norte y casi en la vertical del sector citado. Sobre esta cavidad especula con la posibilidad de una divinidad de función etónica vinculada al emplazamiento y por tanto acorde con la estructura urbana y religiosa de la ciudad.

Los habitantes de Ulaca, como el resto de los pueblos vettones, celebraban sus cultos al aire libre y tenían divinidades vinculadas a la naturaleza. Los autores clásicos hablan de lugares de culto en bosques, ríos, cuevas, peñas, fuentes y árboles, y de la luna y de los ciclos lunares que tendrían un carácter mágico y religioso.

Áreas de actividad industrial.

“En Ulaca poseemos seguras evidencias de la existencia de canteras, localizadas en el sector Oeste y en la esquina SO del recinto principal. Las planchas de granito se aprovecharon siguiendo las vetas naturales, rompiendo con cuñas bloques de dimensiones más o menos regulares que seguidamente eran troceados en otros más pequeños. Se han podido diferenciar varias fases del trabajo: a) los bloques sólo esbozados mediante los agujeros para trabajar con las cuñas en su extracción, b) los bloques grandes todavía sin trocear y c) los bloque terminados y no transportados. El tamaño de los bloques resultantes oscila entre los 60 y 120 cm. de longitud, dependiendo de la fase de elaboración. Los agujeros iniciales son visibles y definen líneas de cortado a intervalos de 28 y 36 cm. El acabado final que ostentan algunos bloques lleva desde luego a sugerir que todo el proceso de trabajo tenía lugar “in situó”, para ser luego posteriormente trasladados.

La cantera del sector Oeste parece relacionada con la obtención de material constructivo para las viviendas y de hecho las dimensiones de los bloques se asemejan a las casas más próximas. La cantera del extremo SO del poblado, la más monumental, está relacionada con la elaboración de grandes sillares para la construcción del recinto fortificado, como avalan las medidas de los bloques respectivos y su proximidad a la muralla. La magnitud de los trabajos de cantería y la organización de especialistas a tiempo completo que la obra exige, así como la existencia de medidas modulares o la posibilidad de reconstruir íntegramente el proceso de trabajo en un futuro estudio de Arqueología Cognitiva, confieren a este hallazgo un extraordinario interés” (Álvarez-Sanchís, J.R., 1999).

Además de estas grandes canteras, se distribuyen por el castro otras muchas de dimensiones inferiores, las cuales estarían respondiendo a actividades particulares para la obtención de material de construcción para obras propias.
La necrópolis. (Álvarez-Sanchís, J.R., 2005).

Al margen de una escueta e inconcreta noticia dada por Gutiérrez Palacios a mediados del S.XX, en la que hace referencia a una necrópolis de incineración destruida por el arado en un área extensa de vestigios cerámicos en la base del cerro de El Castillo (Ulaca), hasta principios del S.XXI nada se sabía acerca de la que tenía que ser una gran necrópolis de incineración de las gentes que habitaron y fallecieron en el oppidum de Ulaca, toda vez que la población estimada se calcula en 1000-1500 habitantes coetáneos.

Será tras las campañas de excavación dirigidas por Jesús Álvarez-Sanchís y Gonzalo Ruiz Zapatero, llevadas a cabo en los años 2003 y 2004, cuando se localice en la falda norte del castro, en el paraje conocido como El Escondedero, un sector de la necrópolis de Ulaca que, además, reutiliza un espacio anteriormente destinado al establecimiento de un conjunto de estructuras artesanales. Luego, la necrópolis hallada, como así lo corroboran los materiales exhumados, remitía al momento final de la existencia del castro, resolviéndose únicamente en parte el enigma del emplazamiento de la necrópolis de Ulaca.

La escasa densidad de enterramientos documentados en el espacio intervenido induce a pensar en un área periférica de la necrópolis, constituida por tumbas de incineración en hoyo y de empedrado tumular. El ritual funerario seguido consistiría en la incineración del cadáver y el posterior depósito de sus restos en un recipiente cerámico que se entierra en un hoyo practicado en el subsuelo. Hasta el momento no se ha podido determinar ningún espacio que pueda ser interpretado como el ustrinum o lugar, con un carácter sagrado, donde se cremarían los cadáveres y desde el cual se trasladarían los huesos resultantes, ya limpios y depositados en el interior de la urna cineraria, con un ritual difícil de precisar, hasta la tumba. En el caso de deposiciones con ajuar, destaca la presencia de vasos de ofrendas que se colocan junto a la urna cineraria; cuando se trata de guerreros también se incluyen armas.

Es el caso de una de las tumbas halladas en la necrópolis de Ulaca. Bajo una estructura de empedrado tumular, junto a la urna cineraria, se depositó un ajuar consistente en algunas armas –regatón de lanza y vaina de espada–, elementos de adorno –cuentas de collar y aguja de oro– y un abundante ajuar cerámico, sobresaliendo un vaso zoomorfo, un recipiente con forma de toro, que tendría una finalidad ritual, el cual habría contenido alguna bebida o ungüento necesario para el viaje al Más Allá (Caballero Arribas, 2006).

El vaso zoomorfo, restaurado y expuesto en el Museo Provincial de Ávila, evidencia simplicidad en las formas y cierto grado de abstracción, ciñéndose a unas líneas básicas que permiten determinar la anatomía del animal, del toro modelado. Se representa en pie, con las extremidades paralelas sirviendo de soporte al vaso, y ofreciendo un único punto de vista, el frontal-lateral. En el lomo se moldea una piquera tubular para el vertido de los líquidos.

Este vaso ceremonial podría ponerse en relación con la escultura zoomorfa en granito de cerdos y toros –“verracos”–, tallas que suponen un rasgo diferenciador de las gentes vettonas. Estas esculturas han venido interpretándose como hitos territoriales, como indicadores de vías de trashumancia, como tótem protectores de los rebaños, …, en cualquier caso, dentro de una simbología benefactora, esencialmente religiosa.

La sacralizad del toro, dentro de la cultura mediterránea y de la Europa céltica, se concretaría en determinadas bondades, como lo sería la fecundidad, favoreciendo una magia relacionada con la protección de los rebaños de vacuno (esenciales en la economía vettona) y la reproducción. La condición de macho y semental estaría implícita en el carácter ritual del vaso.

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